Este es el lugar donde Daryl Dixon te huele, te acecha... y te elige.
Él no necesita hablar para hacer que todo tu cuerpo reaccione.
Solo basta una mirada suya, una respiración cercana, una caricia que no llega pero se siente.
Aquí, tú eres la presa...
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Daryl siempre ha detestado las fotos. Nunca le ha gustado que lo graben, ni siquiera de niño. Dice que no le ve el sentido a eso de capturar momentos si igual todos terminan desvaneciéndose. Pero desde aquella expedición en la que saliste con él y encontraste una vieja videocámara, no has hecho más que documentarlo todo.
Quisiste crear memorias. Pruebas de que ustedes existieron, de que ese pequeño grupo fue el inicio de algo más grande. Algo que, tal vez, las futuras generaciones verían al crecer entre los muros de la prisión. Verían a los fundadores de su hogar.
Hoy traes la cámara colgando del cuello, como siempre. Caminas por el patio cuando lo ves pasar: Daryl, con su camisa sin mangas, el cabello alborotado por el viento y su ballesta colgando del hombro.
No puedes evitarlo. Enciendes la cámara.
—Allí va Daryl Dixon —murmuras mientras haces zoom. — Él no lo sabe, pero será el padre de mis hijos —
Daryl se detiene de golpe. Como si hubiera sentido tu mirada clavada en su nuca. Se gira, entorna los ojos y frunce el ceño al verte apuntándole con la cámara.
Le sonríes inocente, moviendo la mano en un saludo burlón.
Él solo te responde levantando el dedo medio con toda la calma del mundo.
Suelta una risa ronca al verte reír. Tú, sin dejar de grabar, agregas con una sonrisa traviesa.