Este es el lugar donde Daryl Dixon te huele, te acecha... y te elige.
Él no necesita hablar para hacer que todo tu cuerpo reaccione.
Solo basta una mirada suya, una respiración cercana, una caricia que no llega pero se siente.
Aquí, tú eres la presa...
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Sentada, con las piernas pegada al pecho, mirabas por la ventana de tu habitación hacia el exterior, la lluvia golpeaba con fuerza y no ayudaba con el hecho de que no te sentías nada bien.
Llevabas días con dolor de estómago, y te negabas a ir con el doctor de la comunidad, pues aparte de que te daba un muy mal presentimiento ese hombre, había tenido problemas con Rick, y les había pedido que se mantuvieran alejados de él, por lo que ahora sufrías en silencio y tomabas tés que Carol te daba.
— Apesta a enfermo — volteas a ver la entrada de tu habitación y te sorprende ver a Daryl, medio empapado y vestido como si hubiese salido de expedición.
— ¿Será porque estoy enferma? — intentas sonar sarcástica, pero una punzada en tu estómago te hace gruñir por la molestia y hechas tu cabeza hacia atrás, mientras presionas la zona que duele. — Carajo... ¿Dónde estabas? Rick te buscaba hace como uno o dos horas hace rato —
— Salí por ahí... — duda en hablar, y rasca su cabeza. — ¿Puedo entrar? —
— Uh, si, claro, entra —
Daryl antes de entrar se quita sus botas y deja el poncho que llevaba puesto en el suelo, junto con su ballesta, solo carga una pequeña bolsa de plástico y camina hasta donde estas, quedándose parado frente a ti.
— Puedes sentarte Daryl, no muerdo — le sonríes ligeramente, a lo que él asiente y se sienta en la orilla de tu cama, mirando hacia el suelo. — ¿Qué sucede? —
Sin voltear a verte, estira su mano, donde sostenía la pequeña bolsa de plástico, la cual tomas e inspeccionas, hasta qué caes en cuenta de que se trataba de medicamentos para el dolor de estómago.
Levantas tu vista, sorprendida, mirando sin saber que decirle al hombre.
— Te escuche el otro día llorar por el dolor, y luego cuando vomitabas... Y como no me dejabas dormir ayer en la noche, me levante temprano para ir a conseguirte medicina —
Tu rostro sorprendido se convierte en uno de ternura, por lo que te estiras y abrazas su costado, hundiendo tu rostro en su pecho unos segundos.
— Gracias Daryl, es dulce de tu parte esto —
Su rostro se mantiene serio, pero por dentro se sentía aliviado de saber que pronto te sentirías bien.
Lleva su mano libre a tu cabeza y acaricia, o más bien, da palmadas como si fueses un perrito necesitado.
— Te traeré agua para que tomes eso — sientes que se va a levantar, por lo que niegas y jalas de él, haciendo que se vuelva a sentar y te aferras a la mitad de su cuerpo, Daryl frunce el ceño y te voltea a ver, por lo que levantas la mirada, encontrándote con sus ojos azules. — ¿Qué? —
— Quédate conmigo — murmuras, poniendo ojos de cachorra abandonada. — No me gusta cuando llueve y estoy sola en casa —
Daryl deja salir el aire, mira unos segundos la ventana, donde la lluvia seguía golpeando con fuerza y fuertes truenos retumbaban las paredes.
De pronto se vió a él mismo de pequeño, aterrado y escondiéndose entre sus cobijas cuando habían fuertes tormentas y no había nadie para que lo protegieran.
— Bien, solo por hoy —
Tu sonrisa se ensancha y te haces hacia atrás, palmeando el lado vacío del colchón invitándolo a dormir a tu lado, no era nada nuevo ni nada raro, pues en tantas ocasiones habían compartido espacios cerrados y pequeños cuando estaban deambulando en la carretera, sobreviviendo.
Daryl en modo neutral se termina de quitar su chaleco y su cinturón de armas, dejándolos caer al suelo y acomodándose a tu lado, por lo que sin vergüenza alguna te pones a su lado y recuestas tu cabeza en su pecho, pasando tu brazo por sobre su estómago.
— No te tomaste tu medicina — murmura, estático, mirando el techo de tu habitación.
— Me lo tomo al rato, ahora solo quiero dormir — murmuras mientras el calor del cuerpo del hombre te hace poco a poco relajarte. — Gracias Daryl, por preocuparte por mi —
Una pequeña sonrisa aparece en su rostro, y luego te siente removerte, por lo que baja la vista y te ve un poco levantada, estirándote hasta él, para dejarle un beso en su mejilla. Aquello lo hace sonrojar y regresar a mirar al techo, viendo las figuras de los árboles aparecer por los relámpagos.
— No me gusta ver a mi amiga rara estar enferma — cierra sus ojos, dejándose llevar por la tranquilidad de su respiración.