Este es el lugar donde Daryl Dixon te huele, te acecha... y te elige.
Él no necesita hablar para hacer que todo tu cuerpo reaccione.
Solo basta una mirada suya, una respiración cercana, una caricia que no llega pero se siente.
Aquí, tú eres la presa...
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Daryl ebrio era algo muy extraño de ver, pero a la vez, era muy gracioso y entretenido.
En esas ocasiones que bebía, solía contarte sobre su reservada vida, te contaba historias que por muy dudosos que sonaran, viniendo de él, si las creías.
Pero también Daryl solía hacer cosas estúpidas, como esa vez que monto un caballo y terminó con la pierna lastimada y su hombro dislocado luego de que el animal lo lanzara por los aires cuando Daryl trató de dar una pirueta, como si fuese en su motocicleta.
Y justo ahora, caminaba por el pabellón de la prisión imitando el estilo de Clint Eastwood, jugaba con sus manos como si fuesen armas y usaba aquel acento sureño que tanto le caracterizaba a él.
Les hacía reír a todos y en un descuido, le quitó el sombrero a Carl, subió una pierna sobre esa silla frente a ti, y de manera ruda y coqueta, bajo su mirada, y poco a poco empezó a subirla conforme agarraba una de las orillas del sombrero, y majestuosamente te hizo un extraño saludo.
— La muerte es agridulce, agria por el dolor y dulce por la salvación. Eso es lo que sabes sobre la vida y la muerte y es patético — sonríes, ese párrafo era de una de tus películas favoritas, Gran Torino, y eso Daryl lo sabia.
Y lo sabía por que también era su favorita.
Todos aplauden en el pabellón y deciden que es hora de dormir, ya que llevaban mucho rato viendo a Dixon darles un espectáculo del que probablemente se arrepentiría cuando despertara por la mañana con resaca.
— ¿Te encargas de él? — te pregunta Rick mientras carga a su hija.
— Me dejan la parte divertida — Rick ríe y se aleja junto con su hijo a dormir, Carl se había resignado a perder su sombrero por esa noche y le prometiste que se lo devolverías por la mañana.
Una vez que los dos están solos, Daryl se encuentra cantando, algo muy, muy raro en él, decides apreciar el momento y dejar que sea él, por que Daryl siempre estaba trabajando, él siempre estaba haciendo algo por los demás, y nunca nada por él.
Le da los últimos tragos a su licor y finge que toca una guitarra, mientras eleva su voz, cantando con más fuerza.
Ríes y te levantas para tratar de convencerle de que baje su voz, por que todos estaban cansados y probablemente ya quisieran dormir.
— Eh, mi reina, póngase el sombrero que hoy montará y no un caballo —
Una carcajada abandona tu boca y niegas divertida, y no solo por que aquello te parecía una ridícula manera de coquetearte, es que ya eras su novia.
— ¡Daryl! —
Cubres tu rostro, muy, muy sonrojada, mientras Daryl riendo empieza a acorralarte contra la pared.
— ¿Si vas a montarme? —
Ríes entre dientes y te abrazas de su pecho, dejando que él también te abrazara.
— Lo haré — Daryl sonríe con mucha alegría. — Pero cuando recuerdes cuál es tu nombre —
— Daryl Eastwood — dice el hombre muy seguro, arrastrando las palabras, haciéndote reír.
— Muy bien Daryl Eastwood, hora de dormir —
Llevar a la cama a Daryl era fácil, y más por que apenas se dejaba caer, perdía el conocimiento, por lo que dándole un pico en los labios, empiezas a arrástralo hasta su celda para dormir.
— Hey — giras tu cabeza sonriendo y él te jala hacía su pecho. — Ven aquí —
Sus labios toman posesión de los tuyos, adictivos, posesivos.
— Te quiero ______ — murmura el hombre, sonriéndote con sus ojos medios adormilados.
— También te quiero Daryl Dixon —
— Eastwood, ahora seré Daryl Eastwood— ríes ante su ridícula petición, pero asientes.