Este es el lugar donde Daryl Dixon te huele, te acecha... y te elige.
Él no necesita hablar para hacer que todo tu cuerpo reaccione.
Solo basta una mirada suya, una respiración cercana, una caricia que no llega pero se siente.
Aquí, tú eres la presa...
¿Cómo les explico que ya sólo quedan tres capítulos más, para llegar a los 200...?
Wow...
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El amanecer en la granja siempre llega despacio. El canto de los grillos se apaga poco a poco, dejando paso al sonido lejano de gallos y hojas moviéndose con la brisa. Abres los ojos sin saber por qué. No ha sido un ruido fuerte, ni una pesadilla. Simplemente, despiertas antes de lo habitual.
Lo primero que sientes es el aire fresco que entra por la abertura de la tienda, mezclado con el olor a tierra húmeda. La tela deja pasar apenas un rayo de luz dorada, suave, como una caricia tibia que poco a poco empieza a iluminar el interior.
Te das cuenta de que es raro. Casi nunca despiertas antes que él. Daryl siempre es el primero en levantarse, revisando trampas, arreglando flechas o asegurándose de que nadie se acerque al campamento. Pero esta mañana, por alguna razón, sigue dormido.
Te giras hacia él.
Está de lado, con el cuerpo parcialmente cubierto por la manta que comparten. El cabello le cae desordenado sobre la frente, y sus labios están relajados, sin la tensión que suele marcarle la boca. Respira lento, profundo, como si nada pudiera alcanzarlo aquí.
La luz de la mañana entra justo en el ángulo perfecto, bañándole el rostro en un tono dorado que lo transforma. No es el Daryl que pasa horas en el bosque con la ballesta lista, ni el que mira de reojo a cualquiera que se acerque demasiado. Es otro: un Daryl tranquilo, humano, y tan bello que te quedas inmóvil para no romper el momento.
Te incorporas un poco, apoyándote en un codo, y lo observas. La piel curtida por el sol parece brillar, y cada curva de su rostro se suaviza con esa luz temprana. Es como si el amanecer lo hubiera reclamado para sí, dándole un brillo que no pertenece a este mundo roto.
Afuera se escuchan pasos y voces apagadas: probablemente Glenn y Maggie moviéndose por el establo, o Lori hablando con Carol. Pero aquí adentro, en esta pequeña tienda, todo es quietud.
Un mechón rebelde le cubre un ojo, y te tienta apartarlo. Dudando, acercas la mano, y con la yema de los dedos rozas su piel. Es un gesto tan suave que no se despierta, aunque su respiración cambia apenas, como si tu contacto se filtrara en su sueño.
Recuerdas las primeras noches en la carretera, antes de que aceptara dormir a tu lado. Siempre buscando excusas para vigilar, siempre con la ballesta cerca, como si cerrar los ojos fuera un lujo que no podía permitirse. Ahora, semanas después, duerme profundamente contigo al alcance de la mano. Y eso dice más que cualquier palabra.
Te preguntas si sabe cómo se ve en este momento. Probablemente no. Daryl nunca se detiene a pensar en esas cosas. Pero tú sí lo sabes, y lo guardas como un secreto, como una fotografía mental a la que volver cuando todo se ponga feo.
Te inclinas y apoyas la frente contra la suya, sintiendo el calor de su piel. No hay prisa, no hay caminantes, no hay rutas por planear. Solo él y la luz dorada.
Cuando te separas un poco, notas que sus párpados se mueven, y unos segundos después abre los ojos, adormilados y azules. Parpadea, enfocándose en ti, y su voz ronca rompe el silencio.
—¿Qué haces despierta tan temprano? —
—Te estaba mirando —respondes sin pensar demasiado.
Él frunce el ceño, como si no entendiera qué hay para ver.
—¿Por qué? —
Te encoges de hombros y sonríes.
—Porque con la luz así... pareces de oro —
Un bufido breve, mitad risa mitad incredulidad, sale de su garganta. Baja la mirada y sacude la cabeza, como si esa idea fuera ridícula.
—Eres rara —murmura, pero sus labios se curvan apenas.
Se acomoda un poco, dejando que su brazo te rodee y acercándote contra su pecho. Sientes cómo su respiración se mezcla con la tuya, y cómo su mano, áspera y cálida, acaricia distraídamente tu espalda.
—Podrías haberte vuelto a dormir —dice después de un rato.
—No quería —respondes, y es la verdad. Quedarte ahí, mirándolo, ha sido mejor que cualquier sueño.
Él no contesta, pero su pulgar traza círculos lentos sobre tu costado, un gesto pequeño que dice todo lo que no pone en palabras. Afuera, alguien llama a desayunar, pero ninguno de los dos se mueve.
En tu mente, repites la imagen: Daryl Dixon, dormido, con la piel bañada en la luz suave del amanecer. Y sabes que, aunque el resto del día se llene de tensiones, aunque tengan que salir a buscar provisiones o enfrentarse a peligros, este instante quedará intacto.
La golden hour no dura mucho, y él lo sabe, porque después de unos minutos se levanta, gruñendo algo sobre revisar las trampas antes de que el sol esté alto. Pero mientras se pone la camisa y se ajusta el cinturón, aún tiene en la piel ese brillo dorado que viste al despertar. Y aunque nunca lo diga, sabes que te has llevado un pedazo de esa luz contigo.