El precio de la lealtad

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El invierno había teñido de un gris plomizo la finca de los Vance. La lluvia repicaba de manera incesante contra los ventanales del despacho, creando una barrera de sonido que aislaba la habitación del resto del mundo. El ambiente olía a madera húmeda, papel antiguo y al aroma inconfundible del tabaco de pipa que Richard solía fumar.

Harry estaba de pie junto al ventanal, con la espalda rígida como una columna de granito y las manos profundamente hundidas en los bolsillos de su abrigo.

A sus treinta y ocho años, siempre se había preciado de ser un hombre de principios inquebrantables, un tipo que debía cada centavo de su éxito a la rectitud con la que conducía su vida. Pero la rectitud se volvía un suplicio cuando el objeto de sus pensamientos era la hija de veintiocho años de su mejor amigo.

Anna estaba sentada al otro lado del escritorio de roble. Llevaba una chaqueta de lana oscura y mantenía los ojos fijos en los documentos contables que supuestamente estaban revisando. Cada vez que el pliegue de su falda rozaba el borde de la mesa, el sonido parecía amplificarse en el espacio reducido. El aire entre ellos era tan denso que respirar se convertía en un acto consciente y doloroso.

Para Harry, la ecuación era destructiva. Richard no solo era su socio comercial; era el hombre que lo había rescatado del anonimato, el mentor que le había abierto las puertas de su hogar cuando no tenía nada.

Ver a Anna no era simplemente un deseo prohibido; era, en su mente, una podredumbre moral, una afrenta directa al hombre que le había dado todo.

Para Anna, en cambio, la prisión era distinta: amaba a Harry con una certeza madura y aplastante, pero el delicado estado de salud de su padre -quien acababa de superar un episodio cardíaco severo unos meses atrás- la ataba de manos. Sabía que un conflicto de esta magnitud entre los dos hombres más importantes de su vida podría ser devastador para Richard.

-Si terminaste con el desglose del segundo trimestre, me gustaría llevarme las carpetas antes de que la lluvia empeore -dijo Harry. Su voz sonó seca, raspada, desprovista de cualquier matiz afectivo.

Anna levantó la mirada. Sus ojos oscuros, habitualmente llenos de determinación, mostraban las marcas del cansancio y del insomnio.

-Falta la firma en el balance de activos, Harry. No puedes irte sin eso -respondió ella, intentando que su tono se mantuviera frío, profesional, exactamente como habían pactado tácitamente desde hacía meses.

-Firma tú por mí. Tienes la representación legal de tu padre -replicó él, sin darse la vuelta, manteniendo la vista fija en el cristal empañado.

Esa simple frase, pronunciada con una indiferencia casi cruel, fue la pequeña fisura en el dique. Anna sintió un pinchazo de rabia amarga en el pecho. Llevaba semanas soportando su distancia, sus monosílabos, sus miradas esquivas en las cenas familiares y esa manera sistemática de tratarla como si fuera un estorbo o un peligro que debía ser neutralizado.

-No soy tu empleada, Harry -dijo ella, poniéndose de pie despacio. El crujido de la silla de cuero cortó el murmullo de la lluvia-. Soy la socia de esta firma y la hija del hombre al que dices respetar tanto. Si vas a delegarme tu trabajo, al menos ten el valor de mirarme a la cara cuando lo pidas.

Harry apretó los puños dentro de sus bolsillos. Sentía la mandíbula tan tensa que le dolían los músculos del rostro. Lentamente, se giró para enfrentarla. Tenía unas ojeras marcadas y la palidez de quien lleva meses librando una guerra interna en absoluta soledad.

-No se trata de valor, Anna -murmuró él, dando un paso hacia el escritorio pero manteniendo la mesa como una muralla infranqueable entre los dos-. Se trata de límites. Límites que tú pareces disfrutar desafiar cada vez que te me acercas.

One Shots H. S. (+18)Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora