Aquel cruce en el despacho destruyó el último hilo de resistencia que le quedaba a Anna. Sin embargo, lo peor llegó apenas dos días después, en la cena de fin de mes a la que Richard había invitado a dos inversores de la firma.
Harry acudió a la reunión con su armadura más fría e inexpugnable. Durante toda la velada, evitó a Anna como si llevara una marca contagiosa.
Pero cuando uno de los inversores viejos, algo pasado de copas, hizo un comentario de mal gusto insinuando que Anna "ya estaba en edad de buscarse un marido acomodado antes de que se le pasara el tiempo", Harry no defendió el honor de Anna como mujer ni como socia. En lugar de eso, sonrió con una amargura helada y apostilló frente a todos:
-Anna está demasiado enfocada en asuntos de la empresa como para perder el tiempo en fantasías románticas que no le corresponden. A veces le cuesta entender dónde están sus verdaderas prioridades.
La mesa quedó en un silencio incómodo. Richard frunció el ceño, mirando a Harry con sorpresa y disgusto, pero Anna sintió que aquella frase pública era la humillación definitiva.
Era el sello con el que Harry la relegaba a la nada, rebajando su amor a una simple inmadurez frente a los ojos de su propio padre.
Esa misma noche, encerrada en su habitación mientras escuchaba la lluvia golpear los cristales, Anna tomó la decisión. No esperaría a que la soplara el tiempo ni a ver cómo Harry la reducía a cenizas día tras día.
A la mañana siguiente, gestionó de forma urgente y en absoluto secreto su traslado definitivo a la sucursal de la empresa en Edimburgo.
Richard descubrió los papeles de abordaje en la mesa de la biblioteca horas antes de que Anna partiera. Al ver las maletas listas en el vestíbulo, al padre se le rompió el corazón en mil pedazos.
Sabía exactamente lo que estaba pasando; había visto las miradas de agonía de ambos durante meses y la crueldad desesperada con la que Harry intentaba protegerlo de una traición fantasma.
Sin embargo, cuando vio los ojos vacíos de su hija, Richard comprendió que intervenir en ese momento para forzarlos sería un acto de egoísmo. Aceptó el abrazo de despedida de Anna en la puerta de la finca, apretándola contra su pecho con lágrimas en los ojos, respetando el dolor de una mujer que necesitaba huir para no terminar de romperse.
No le dijo nada a Harry. Dejó que la lealtad ciega de su amigo pagara el precio completo de su propia estupidez.
A la mañana siguiente, el sol matutino entraba en la oficina central. Harry llegó a primera hora, habiendo pasado otra noche en blanco consumido por la culpa del comentario que había hecho en la cena. Decidido a tragar con su orgullo y pedirle a Anna una tregua profesional para no hacer la convivencia insoportable, caminó por el pasillo hacia el despacho de ella con dos tazas de café.
Al abrir la puerta, se congeló en el umbral.
El escritorio de Anna estaba completamente despejado. Ya no estaban sus libros de contabilidad, ni su pluma de plata, ni el pequeño florero con jazmines que siempre adornaba el alféizar. En su lugar, sentado en la silla de cuero de Anna y revisando los balances, había un hombre de unos cuarenta años, con un traje gris impecable.
Harry sintió un frío violento recorrerle la espina dorsal. Las tazas de café le temblaron en las manos.
-¿Quién es usted? -preguntó Harry, con la voz rasposa-. ¿Qué hace en el despacho de la señorita Vance?
El hombre levantó la vista y se puso de pie amablemente, extendiendo la mano.
-Buenos días. Debe ser el señor Harry. Soy Thomas Evans, el nuevo director de finanzas. La señorita Vance firmó la cesión de su puesto ayer por la tarde antes de tomar el tren nocturno hacia el puerto. Zarpa hoy temprano hacia la filial de Edimburgo; el traslado es permanente. Supongo que el señor Vance ya le habrá informado del cambio de personal.
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One Shots H. S. (+18)
Fiksi PenggemarHarry , Anna y Niall, una pareja nada convencional, una pareja de tres.
