Advertencias

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Hazel había tomado muy en serio lo de no soltarse. Mabel se encontraba de pronto caminando por el laboratorio del brazo del moderador, ya que no podía ni debía quedarse quieta demasiado tiempo. Después de una noche de descanso decente, era hora de estimular la circulación sanguínea. El problema era que dicha sangre estaba a punto de gotearle por las mejillas. Su intenso y vergonzoso sonrojo no parecía ni remotamente cerca de desaparecer.

— ¿Está subiendo la fiebre? — preguntó Vanila desde otro rincón del laboratorio.

Eder murmuró algo, y luego ambos comenzaron a cuchichear. Eran los mismos susurros que había oído cuando Hazel la ayudó a ponerse una segunda bata, pero esta vez al revés, para no volver a mostrarle su ropa interior a nadie. Mabel decidió hacerse la desentendida y disfrutar el momento, así que pasó al segundo tema más importante.

— ¿Pasa algo, dulzura? — le preguntó a Lele, que insistía en aferrarse a la tela sobre su pecho. Mabel la sujetaba con una mano y le palmeaba la espalda con los dedos. Miró disimuladamente hacia las otras dos muñecas. Lolo ordenaba los papeles con la destreza de una profesional; solo necesitó un par de indicaciones de Lili y ambas se pusieron manos a la obra en cuestión de minutos. Lele, en cambio... era un poco más brusca en sus maneras.

Lele sacudió la cabeza sin responder realmente. Mabel compartió una mirada con Hazel, pero ninguno de los dos sabía qué le pasaba.

— ¿Me acompañan arriba? — pidió el moderador.

Mabel asintió de inmediato, pensando que Lele apreciaría un tiempo a solas, pero no cayó en cuenta de lo que significaba hasta que las puertas se cerraron y solo quedaron ellos tres. Gracias al cielo, solo subieron un piso, no hubo tiempo para incomodarse. Fue lo contrario, en realidad, perdió la vergüenza cuando las puertas se abrieron y una fuerte sensación de envidia la golpeó. ¿Habían cambiado de juego sin saberlo?

— Buenas tardes, señor — la enfermera le dedicó una sonrisa profesional a Hazel.

El lujo se desbordaba del escritorio de madera, los sofás entre los pasillos, los adornos y cuadros en las paredes. Hazel arrastró a Mabel y Lele sobre suelos pulidos y pasando junto a jarrones hasta su cuarto. Al entrar, la luz solar las deslumbró. Un fuerte olor floral le hizo cosquillas en la nariz.

— ¿Quién... te mandó tantas flores?

Bueno, al menos el disgusto mató su sonrojo.

— Ya estaban aquí — Hazel pasó junto a ella sin reparar en su expresión y fue directamente al baño.

— ¿Te parece justo? — susurró Mabel a Lele. Fue a comprobar la tarjeta del ramo más cercano, solo por curiosidad. El deslumbrante arreglo estaba firmado por "Dr.  Oviedo" y el único mensaje era un número de teléfono. ¿Era hombre o mujer? ¿Por qué un doctor le mandaría flores a su paciente con su número?  ¿No iba contra la ética profesional?

Lele sacudió la cabeza otra vez al ver como rechinaba los dientes. Mabel se alejó, buscando otra cosa en la que entretenerse, pero al ver que incluso las sábanas de la cama eran extremadamente suaves y las almohadas mullidas, no pudo evitar desahogarse golpeando el colchón, que, por cierto, era muy suave contra su puño, lo que debería significar que era mil veces mejor a la hora de dormir.

— Aquí — Hazel le entregó un conjunto de pijamas amarillas, exactamente iguales a las que le habían dado antes, pero de calidad superior —. He revisado, dentro está todo lo necesario para que te bañes.

Mabel sujetó la ropa en automático.

— ¿No quieres bañarte? — preguntó el moderador al ver que no respondía.

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