Banderas y barras luminosas

10 3 3
                                        


Se dirigían nuevamente al castillo, lo cual era un rotundo "no" para el equipo. Mabel echó un vistazo por encima del hombro hacia Gustav, con una expresión a medio camino entre la ansiedad y la urgencia.

—Sí, sí —respondió él, rodando los ojos. Le lanzó una mirada de advertencia al pobre sirviente y luego saltó sin la menor precaución hacia la carreta.

No había mucho que pudiera hacer realmente; simplemente aprovechó el factor sorpresa para patear al enmascarado fuera de la carreta. El hombre rodó por el camino, enredado en su capa, y cuando por fin se detuvo, no volvió a moverse. Philippa observó a Gustav con recelo por un segundo, hasta que los chillidos de Bombo le explicaron la situación. El mayordomo pasó junto a ella, murmurando malhumorado, y le arrebató las riendas a Raúl, que no ofreció resistencia alguna. La carreta se detuvo y, junto a ella, el jeep.

—¿Son parte de esta gente de la que hablas, Philippa? —le preguntó Raúl, haciéndose a un lado, observando a Gustav de arriba a bajo. 

—Son jugadores —asintió ella. No esperó a que se detuvieran por completo y saltó al ataúd, extendiendo los brazos hacia el ratoncito.

El reencuentro fue conmovedor. Philippa no quería llorar, pero lo hizo mientras se disculpaba con Bombo por haberlo dejado solo. Mabel, con las manos aferradas al volante, no se atrevía a girar para presenciar la escena, aunque, de vez en cuando, se limpiaba las mejillas con el brazo lo más disimuladamente posible. El joven sirviente la observaba en silencio.

—Bien, ya recogimos a la chica. Es hora de seguir —anunció Gustav, saltando de la carreta y sacudiéndose el polvo de la ropa.

—Hey, hey, ¿Qué dices? —Raúl bajó tras él, con menos gracia. —¡Philippa no va a ir con ustedes! A menos que ella quiera —añadió, mirando a su amiga.

Bombo chilló, comenzando otra ronda de mímica y gritos para explicar, a grandes rasgos, el muy considerado trato que había hecho.

—Raúl tiene que venir conmigo —dijo Philippa cuando terminó. 

—Sí —el aludido asintió. —Raúl tiene que ir con ella —la señaló.

Con el movimiento que hizo y la calma momentánea, finalmente notó el cuerpo que el grupo remolcaba. Al reconocer la figura retorcida, con las manos dobladas de forma extraña sobre el pecho, se llevó las manos al cabello y tiró con fuerza.

—¡¿El señor Vicent?!

—Vicent —corrigió Mabel. —Es más joven de lo que parece, pero un juego le consumió el colágeno.

—¿Qué? —Raúl la miró con una mueca estupefacta.

—En realidad —intervino Gustav, carraspeando—, lo que se le estaba consumiendo era el alma, no el colágeno. 

—¡Mierda! 

Raúl se sentía un poco más viejo con cada nueva revelación.

—Donovan —llamó Philippa, sentándose sobre el ataúd, girándose hacia el sirviente más joven. —Donovan —repitió el llamado hasta que el chico la miró de regreso. —No tienes que quedarte aquí, puedes venir con Raúl y conmigo. Mi hermano te recibirá con la mejor de las bienvenidas.

—¿Philippa? —Raúl cruzó los brazos, luego los dejó caer a los costados, miró a Mabel y a Gustav, apuntó con las manos a Vicent y, al final, se jaló el cabello. —¿Qué mierda vamos a hacer?

—¿Con qué? —preguntó Mabel, torcida en el asiento para no perderse ni un segundo de su colapso mental.

—¡Con ustedes! A nadie le importará que salgamos de la iglesia, pero... ¿no ayudar al señor Vicent cuando claramente está siendo secuestrado por un grupo de... de...? —miró a Philippa. —¿Qué dijiste que eran?

Rever ArcadeDonde viven las historias. Descúbrelo ahora