Blair Chernov salió de la sala de espejos. Los gemidos y sonidos lascivos se extinguieron al cerrarse la puerta tras ella. Se despidió de los guardias con un asentimiento y se dirigió a la cocina. Los meseros pasaban atareados, sin prestar atención a nadie. Dejó las copas sucias en el lavaplatos y la bandeja a un lado; se secó las manos en el delantal, y tras asegurarse de que, efectivamente, nadie la observaba, desvió su rumbo hacia uno de los corredores opuestos al salón de baile.
Caminó a paso rápido, subió por escaleras de caracol y cruzó varias estancias hasta llegar al cuarto de correspondencia, que no era más que el lugar donde se almacenaba el servidor conectado a la central del clan en Rever. Silas, encargado de monitorear las comunicaciones, apenas abrió un ojo al verla llegar y lo volvió a cerrar, entregándose de nuevo al sueño.
Blair se arrodilló junto a él, aferrando su brazo.
—No —dijo el hombre antes de que Blair lograra articular palabra.
—¡Silas! —Blair se mordió el labio, intentando contener el entusiasmo. —Por protocolo, el código Zorro Rojo ya debería estar en marcha...
—La señora dijo que no —le recordó el guardia sin inmutarse.
—¡Son órdenes que vienen de más arriba! —susurró con efusividad. —¿Para qué nuestro señor le crearía un código a Draven Haines si no quería que lo usáramos? No tiene ni pies ni cabeza.
—Ajá, sí, pero el jefe ya le dio permiso de entrada. Eso quiere decir que está al tanto de su presencia. La señora Chernov no quiere que se despliegue una línea de guardias que moleste a sus invitados, así que déjalo.
Blair frunció los labios.
—Silas, por favor. Si actualizo la carpeta del Zorro Rojo, podré sumar experiencia. Podrían asignarme pronto a otro juego, a uno mejor.
—Blair —murmuró el hombre, agotado. —Ya sabes a qué vino, ¿no? La privacidad forma parte del show que vende la señora. Se va a enfurecer si armas un escándalo.
La chica jugueteó con su falda, indecisa. Según el protocolo del código Zorro Rojo, los movimientos del señor Haines debían ser informados cada hora; seguirlo contaba como espionaje, y eso significaba experiencia valiosa para su historial. Era justo la oportunidad que esperaba para dejar atrás a la comitiva asignada a la dama Chernov. Silas, que ya le leía la mente, añadió:
—Seguramente no se quedará mucho tiempo. Nadie puede permitirse ausencias largas de sus responsabilidades, ¿recuerdas?
—Es verdad —asintió Blair. —Ya eligió pareja esta noche... bueno, dos chicas, en realidad —vaciló antes de preguntar: —¿Podemos añadir la foto que tomé al archivo? No es necesario activarlo, solo... ya sabes, guardarla dentro. Me arriesgué mucho para conseguirla y de verdad me ayudaría en el registro.
Silas intentó ignorar sus ojos brillantes y aquella expresión suplicante, pero perdió la batalla. A él le daba exactamente lo mismo; cubrir su turno y largarse hasta su siguiente turno era lo único en su mente. Blair, en cambio, tenía ambiciones que no lograba comprender.
—Está bien, pero solo una.
—Solo tomé una —afirmó ella con entusiasmo, entregándole la cámara oculta en el bolsillo de su falda. —Me daba miedo que me golpeara...
Silas colocó la cámara sobre la mesa de vidrio a su lado. El sistema del clan extrajo la imagen con facilidad. En la fotografía, un hombre vestido de negro e imponente sujetaba la muñeca delicada de una mujer rubia que escondía el rostro. No le vio nada fuera de lo común: Draven Haines tenía la cara cubierta por una mascara, la rubia era otra más sin nada especial, y no había nadie más en el encuadre, así que le pareció inofensiva. No dudó en añadirla a la carpeta del Zorro Rojo y archivarla bajo el nombre de Blair.
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Rever Arcade
AdventureMabel quería dinero, una casa propia y felicidad. Aceptó entrar al mundo de juegos de Rever Arcade para buscar al hermano perdido de alguien, con la promesa de volverse ridículamente rica al terminar. Sin embargo, no esperaba acabar siendo dueña de...
