Mabel quería dinero, una casa propia y felicidad. Aceptó entrar al mundo de juegos de Rever Arcade para buscar al hermano perdido de alguien, con la promesa de volverse ridículamente rica al terminar. Sin embargo, no esperaba acabar siendo dueña de...
Había algo loquísimo en ser una enamorada del amor y no haber tenido pareja jamás: cuando alguien mostraba interés en ti, te replegabas como una tortuga volviendo a su caparazón. El interés era meramente profesional, ¿Verdad? Pero saberlo no ayudaba al cerebro a explicárselo al corazón. Mabel bajó la cabeza, dejó la hamburguesa y empezó a comer la pizza en silencio, sumida en pensamientos sobre cómo abordar la situación como una adulta y no como una niña enamoradiza. No es que desconociera la táctica; ella misma la estaba aplicando con Eder: cortejándolo con regalos para convencerlo de unirse a ellos. El chico era muy talentoso y ellos tenían una casa que necesitaba arreglos, muchos arreglos.
Hazel tosió, apartando el resto de su hamburguesa y quedándose únicamente con su medicina radiactiva. Mabel alzó ligeramente la mirada para observar a todos mientras comían. El auto estaba detrás de ellos, todo parecía en orden, estaban a salvo y sin problemas. No podía enfocarse en lo que no tenía cuando, en teoría, no le faltaba nada... salvo amor propio. Un poco de atención no equivalía a amor verdadero. Esa frase iba a escribirla en planas en cuanto tuviera la oportunidad.
Terminaron de comer, pero, tan empachados como estaban, se quedaron sentados en la cochera, indiferentes a las habladurías que circulaban por no haber llegado a la siguiente carrera con los gremios dominantes. Alva buscó a Eder entre la multitud, pero al no encontrarlo, se encogió de hombros y perdió el interés, enfocándose en apoyar a su equipo.
Lila, mientras tanto, recorría los puestos vacíos, buscando a los tipos que su líder había descrito.
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Mabel llevó la hoja de inscripción al punto indicado para registrar al equipo Dinamita Bombastic en su segunda carrera. Las personas que aguardaban alrededor para inscribir a sus equipos en el último momento, asegurándose de evitar a cualquier equipo monstruo, se dispersaron al verla. La bestia por contrato y la muñeca se habían vuelto infames en aquel lugar, no por robar, sino por descartar lo que tomaban con un desdén hiriente y maldad, vulnerando incluso autos que parecían fortalezas. ¿Qué les quedaba a quienes apenas podían armar algo más parecido a patinetas al no tener siquiera un motor sus autos?
— ¿O sea que me estás obligando? — gruñó Luther.
— Es el uniforme — aclaró Gustav, indiferente.
— Pero es... rosa — replicó, haciendo una mueca de asco.
— ¿Y?
Tras ver a otros equipos con colores similares, Hazel pidió autorización a Mabel para comprar uniformes, que resultaron ser las mismas sudaderas rosas que ella ya usaba. ¿Había algún problema con eso? No. Sin embargo, Luther la había llevado por obligación, pero con el tiempo, mientras más gente mostraba interés en el equipo, el color le parecía cada vez más ofensivo.
— Nuestro equipo usa esto. ¿Eres parte del equipo o no? — preguntó el pelirrojo, arqueando una ceja. Llevaban varías horas usando la maldita prenda rosa, ¿por qué carajos iba a importar el color?