—Mabel.
Alguien le dio un tironcito a la cobija que la cubría. En lugar de despertarse, se giró en la cama para darle la espalda a la voz molesta que la llamaba.
—Mabel, están comenzando los preparativos para el hechizo. ¿No quieres verlo?
Un ojo lagañoso se abrió con esfuerzo. Lili, vestida con ropa deportiva y el cabello trenzado, era la encargada de despertarla.
—Sí quiero... —murmuró, frotándose los ojos.
Estaba siempre tan cansada que ya no tenía problemas para dormir, pero levantarse era cada día más difícil. Se sentó en la cama sin fuerzas ni ganas, movida solo por la tremenda curiosidad de ver a su equipo usar magia... Y no dejar a esos dos solos. Lele apareció por la puerta abierta, llevando una bandeja sobre la cabeza con una taza de té humeante. Mabel reconoció el líquido rojizo que la despertaba mejor que un café negro. Se arrastró fuera de las cobijas, estiró el brazo y enganchó el asa de la taza con desesperación.
—Está caliente —le advirtió Lili, pero Mabel no escuchó; le dio un largo trago, tarareando de gusto.
—Está a la temperatura perfecta —respondió la chica, poniéndose de pie para ir a cambiarse.
Lili observó el vapor espeso que bailaba fuera de la taza y se encogió de hombros. Sin dolor, no hay problema. ¿Para qué discutir?
Como tendrían entrenamiento tras reforzar la seguridad, Mabel eligió también usar ropa deportiva esa mañana.
—¿Y Vanila?
—Está moliendo el polvo de estrellas y la sal verde para dibujar el círculo —dijo Lili, encogiéndose de hombros mientras la esperaba junto a la puerta. —Gustav y el moderador están discutiendo el grabado final.
—¿Qué hay que discutir? —Mabel se cepilló el cabello antes de recogerlo en una coleta. Ahora que tenía todo a la mano, o podía conseguirlo fácil, extrañaba su melena larga con todas sus fuerzas.
—El alcance, por supuesto. Los hechizos deben ser precisos y detallados. Especialmente si son de seguridad. Imagínate que restrinjan los poderes y accesorios de un jugador pero no los de un vampiro. ¿Cuánto desastre crees que podría armar?
—¿Crees que nos compren los vampiros? —Mabel se asomó desde el baño con los ojos brillantes y la pasta de dientes en la comisura de la boca.
—Cualquiera con un poco de seso se daría cuenta que vendes tesoros baratos. Serían idiotas si no se aprovechan.
Lele asintió efusivamente al escucharla.
—"Gustav y Lele fijaron los precios según el mercado de Rever. No se pueden bajar... Y Lele preferiría que no des más cupones."
¿Qué podía decir? Su idea brillante había sido una basura para el negocio, pero lo hecho, hecho está y pasado, pisado, ¿no? Siguió a las muñecas hacia la tienda, dándole pequeños sorbos a su té.
Al correr la cortina de cuentas, se atragantó a medio trago y casi derrama el resto sobre su ropa. El espacio abierto en la entrada principal se había reducido por la aparición del invernadero y un nuevo almacén. Pero para apreciar las renovaciones, debía empezar por el pesado mostrador de madera que servía tanto de escritorio como de barrera para mantener a los clientes fuera de la casa. Le seguía un gabinete largo como mesa central en el que habían colocado accesorios con aspecto peligroso, como espadas y cuchillos que, Mabel sabía bien, no cortaban ni mantequilla. También había estantes empotrados en las paredes con objetos más aleatorios: cucharas, relojes, cascos y latas de aerosol.
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Rever Arcade
AdventureMabel quería dinero, una casa propia y felicidad. Aceptó entrar al mundo de juegos de Rever Arcade para buscar al hermano perdido de alguien, con la promesa de volverse ridículamente rica al terminar. Sin embargo, no esperaba acabar siendo dueña de...
