Mabel quería dinero, una casa propia y felicidad. Aceptó entrar al mundo de juegos de Rever Arcade para buscar al hermano perdido de alguien, con la promesa de volverse ridículamente rica al terminar. Sin embargo, no esperaba acabar siendo dueña de...
Alva podía estar borracha, estresada y molesta, pero no pasó por alto la forma en que fueron expulsados de la habitación. El alcohol, sumado al desplazamiento repentino, la desestabilizó, obligándola a apoyarse en la pared para no caer. Miró hacia la puerta, junto con Draven y Gustav. Era la más sorprendida de los tres, aunque fue la primera en asimilar lo ocurrido. Tragó el sabor amargo que le llenaba la boca y, con él, el nudo en la garganta al descubrir a quién había contratado. No cabía duda: estaban en manos de personas extremadamente capaces. Así que alzó su botella en dirección a la puerta y brindó. Gustav frunció los labios, visiblemente molesto.
—¿Qué demonios está pasando? —Rebekah apareció del otro lado del pasillo, chorreando agua por todo el suelo.
—Ya no somos requeridos —respondió Alva con tono alegre.
—Hay una habitación libre, dos pasillos más adelante —murmuró el pelirrojo con cansancio. Echó una última mirada afligida a la puerta antes de encabezar la marcha.
Draven lo siguió. Alva y Rebekah intercambiaron una mirada antes de avanzar también. La rubia meneó su botella y se aclaró la garganta para llamar su atención.
—Solo por curiosidad... si todos sabíamos que esas copas estaban ahí y que eran peligrosas, ¿por qué las dejamos sobre la mesa? —preguntó.
Les concedió el tiempo que tardó en darle otro trago a la botella para responder, pero nadie lo hizo.
—Además, la vieron inclinarse sobre la mesa. ¿En serio me van a decir que ustedes, guerreros entrenados, no fueron capaces de prever...?
—¿Tú pudiste? —espetó Gustav con brusquedad.
—¡Hey! —Alva alzó la mano libre y la botella en señal de paz. —Soy humana, ¿recuerdan? Mis reflejos nunca serán los mismos... y mucho menos borracha.
Gustav, que había visto a gente gravemente borracha –más cerca de un coma etílico que de la sobriedad– hacer las cosas más extravagantes y salir airosos, cerró la boca y la ignoró.
La rubia soltó una risita burlesca al verlo enfurruñarse.
—Antes de que dejemos el tema —murmuró con malicia, tomándose su tiempo mientras los veía sudar frío—, ¿fue a propósito?
Otra vez, el silencio.
Por el contrato de confidencialidad, no podía contarle a nadie lo que había aprendido esa noche, aunque tenía pleno derecho a tomar decisiones basadas en ello. Y como le tenía un harto respeto y un terror considerable a la persona involucrada, optó por guardar silencio. En su lugar, se felicitó internamente y destapó otra botella nada más entrar a la nueva habitación para celebrar.
¿Qué importaba si en el amor le iba de la fregada, cuando tenía tan buen ojo para los negocios?
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