Sabía que Cereza, desde la rama de un árbol, observaba con lastima cómo se desplomaba en el suelo.
—L-Lar... go —balbuceó Mabel, sin fuerzas ni siquiera para levantar la mano y señalar la casa.
Vanila, junto a ella, sostenía todo el peso de su cuerpo con una sola mano, mientras equilibraba las piernas extendidas en el aire. Mabel inhaló profundamente, todos los músculos ardientes y adoloridos gritaron horrorizada al verla, giró la mirada al cielo entre la copa de los árboles para no llorar. Vanila cambió de mano, doblando las piernas hasta tocar su cabeza con la punta de los pies
—Ahora —jadeó, observando de reojo la impresionante postura que lograba el hada sin el más mínimo esfuerzo—, e-estás presumiendo —y con eso, terminó con toda la energía que le quedaba para protestar.
La peli-rosa soltó una risilla dulce. Con un movimiento fluido, dio una marometa y se puso de pie.
—Pronto podrás hacer lo mismo —aseguró. —Estamos trabajando en que sueltes el cuerpo.
"Soltar" el cuerpo era una forma muy suave de decir que próximamente le rompería todos los músculos y huesos. No podía moverse más, no tenía fuerzas para pelear ni para evitar que Vanila regresara, tomara sus extremidades y las retorciera como un pretzel, como sentía que había hecho durante toda la masacre que insistía en llamar clase. Cereza se había ido alejando cada vez más, juzgándola y sufriendo con ella en partes iguales.
—Es hora de desayunar —anunció Vanila, tratando de ayudarla a levantarse mientras Mabel no colaboraba en lo absoluto.
—No puedo —se estremeció, dejándose arrastrar por el hada mientras se protegía el estómago con las manos. —V-voy a vomitar.
Vanila no solo era más flexible y elástica que Mabel, también era más fuerte. No tuvo problemas para echarse su patético cuerpo al hombro para llevarla.
—Espera, espera —Mabel intentó resistirse muy patéticamente—, yo voy, caminaré.
—Está bien, no es ningún problema.
Pero no podía permitirlo, Mabel tenía que hacerlo aunque las piernas le temblaran, los muslos se contrajeran de forma muy rara y tuviera que arrastrarse como un trapo triste. El hada fue lo suficientemente considerada para quedarse a su lado y avanzar a paso de tortuga, riéndose de y con ella camino a la casa.
—¿Quieres bollos para desayunar? Te los mereces.
Mabel negó con la cabeza.
—...Baño.
Su hora de tortura concluyó con una instructora avergonzada sosteniendo el cabello de su alumna mientras vomitaba. Al menos, llegó al inodoro antes de vaciar el té de la mañana.
—Me voy a morir —lloró Mabel, viendo puntitos blancos frente a sus ojos.
Casi extrañaba las cien vueltas al lago.
—No digas eso —le pidió Vanila con voz suplicante, mirando hacia la puerta del baño con apuro. —Vomitar es normal. De hecho, lo hiciste increíble en todo el entrenamiento.
Cereza, posado sobre el lavamanos, sacudió la cabeza, en completo desacuerdo con semejante mentira. Lo hizo pésimo, y Mabel escuchaba sus pensamientos acusadores alto y claro. Intentó separarse del inodoro, recuperar un poco de orgullo, pero sus rodillas inestables casi la desploman. Vanila la atrapó al vuelo.
—Si te quieres bañar —dijo la peli-rosa, sin intenciones de soltarla—, será mejor que te ayude.
Mabel alzó la cabeza, mirándola con auténtico terror. Vanila era perfecta: desde los rizos rosa pastel hasta la punta de los dedos de los pies. En comparación, ella era un trapo viejo, roto y blandengue, sin pechonalidad ni encanto. En lugar de ayudarla, lo más probable era que la deprimiera aún más.
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Rever Arcade
AventuraMabel quería dinero, una casa propia y felicidad. Aceptó entrar al mundo de juegos de Rever Arcade para buscar al hermano perdido de alguien, con la promesa de volverse ridículamente rica al terminar. Sin embargo, no esperaba acabar siendo dueña de...
