Mabel quería dinero, una casa propia y felicidad. Aceptó entrar al mundo de juegos de Rever Arcade para buscar al hermano perdido de alguien, con la promesa de volverse ridículamente rica al terminar. Sin embargo, no esperaba acabar siendo dueña de...
La gorra de Dave colgaba de una roca. Mónica la divisó a lo lejos y se apresuró a acercarse. Estaba atrapada entre las piedras, en lo alto del arco de entrada. Aunque algo sucia, seguía intacta; sin embargo, no había rastros de su dueño por ningún lado.
—¿Dave? —llamó.
Su voz rebotó en las paredes de piedra, generando un eco que se adentró profundo en el túnel. Mientras recorría el bosque con desesperación, había encontrado el bate de Dave, y ahora lo usó para alcanzar la gorra. Quitó la mugre con la mano y se la puso con solemnidad, como si fuera una corona. No pensó en la oscuridad, ni en lo complicado que sería entrar a la cueva; tampoco le importaban el tiempo límite o el maldito hombre lobo. Lo único que deseaba era encontrar a Dave.
Empezó a silbar la misma melodía que su equipo de béisbol usaba durante los entrenamientos.
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—Esto es... lejano —murmuró Kiran.
Jugaba con el encendedor, abriendo y cerrando la tapa con ritmo nervioso, aguantando las ganas de fumar. Por respeto a Mabel, Bastet y el pajarito, se contenía para evitar llenar la cabina con peste a nicotina, especialmente al ver las caras de disgusto de las dos lindas chicas sentadas a su lado. Bastet bien podría arrancarle el cigarrillo de un zarpazo si se atrevía. Lo que opinaba Erik no importaba, encendería toda la cajetilla solo por molestarlo.
—Sí, estaba un poco apartado —coincidió Mabel, sintiendo cómo el silencio incómodo la asfixiaba.
Erik y Kiran estaban en una especie de guerra silenciosa, evitando mirarse o hablarse, dejando a tres desafortunadas víctimas atrapadas en medio. Eddy, a pesar del azote del viento y el frío, era el más afortunado, acurrucado lejos del conflicto. La camioneta seguía subiendo por la carretera, mientras todos se mantenían expectantes. Mabel temía que el camino desapareciera como el sendero anterior, lo cual sería un desastre, porque sin él no habría forma de alcanzar la otra zona. Intentó distraerse manoteando bajo los asientos y alrededor de la cabina, buscando alguna pista u objeto útil; cualquier cosa era mejor asfixiarse en los problemas conyugales de esos dos. No tenía ni idea si realmente eran pareja, pero se peleaban como si lo fueran.
La camioneta estaba sorprendentemente limpia, salvo por la tierra suelta que, como siempre, encontraba la forma de colarse en lugares así. No había basura, ni volantes, ni vasos de café olvidados. Al abrir la guantera, un mapa cayó sobre las largas piernas de Kiran, que estaban retorcidas para encajar en el reducido espacio. Mabel intentó recogerlo al mismo tiempo que él; sus manos se encontraron sobre su muslo. Estaba a punto de disculparse -aunque inocente y accidental, tocarle el muslo a alguien sin su consentimiento era transgredir los límites del espacio personal después de todo-, cuando la camioneta se sacudió violentamente. Un volantazo repentino la lanzó contra el costado de Erik. A Eddy casi lo expulsó por la barda, y su grito fue casi tan escandaloso como el chillido de las llantas.