Mabel quería dinero, una casa propia y felicidad. Aceptó entrar al mundo de juegos de Rever Arcade para buscar al hermano perdido de alguien, con la promesa de volverse ridículamente rica al terminar. Sin embargo, no esperaba acabar siendo dueña de...
Después de un par de horas de silencio, Eder y Lolo finalmente salieron del gabinete en donde estaban escondidos. La hora indicada había llegado. Afuera del almacén, la planta baja estaba desolada, pero la calma era engañosa. Si aguzaban el oído, podían percibir pasos a lo lejos.
Lolo iba por delante, asomándose en las esquinas para asegurarse de que el camino estuviera despejado para Eder. Se deslizaron con rapidez y sin contratiempos, moviéndose lo más silenciosamente posible hacia el pasillo indicado por Vanila, que los conduciría al cuarto de máquinas. No había rastro de la planta subterránea que Vanila sospechaba que existía antes, lo cual era un alivio.
Lolo se apretujó bajo el hueco de las puertas dobles. Al fondo, un único guardia se apoyaba perezosamente contra la pared, entre dormitando y aletargado. Para asegurarse de que todo estuviera en orden, recorrió las seis máquinas y los numerosos cables esparcidos por el suelo, luego regresó a la entrada para advertirle a Eder lo que había visto.
El guardia adormilado no vio venir a la serpiente metálica que se abalanzó sobre él. Lo estranguló con su cuerpo antes de arrastrarlo a una esquina, donde la tinta negra que comenzó a surgir de él no estorbaría el trabajo de Eder. El robot regresó con su dueño, que lo esperaba para devolverlo al panel.
Sin mayor esfuerzo, el chico comenzó a desconectar los generadores, enrollando los cables y comprobando que la carcasa plateada no estuviera soldada al suelo. ¿Cómo iba a meter seis generadores grandes y rectangulares en el bolsillo pequeño del delantal de una muñeca? Bueno, Lele se había asegurado de que su bolsillo mágico fuera lo bastante profundo y funcional, podría llevarse el hospital entero, sino fuera un problema vaciarlo primero. Mientras trabajaba, Lolo barría meticulosamente los espacios que iban quedando libres.
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A las 10:30 p.m., Eder y Lolo regresaron sobre sus pasos. Un grupo de enfermeras custodiaba la entrada, pero no tuvieron que esperar mucho antes de que una luz extraña llamara su atención desde afuera. Las puertas no tenían seguro porque más guardias esperaban detrás de ellas. En cuanto el personal vio el resplandor, salió disparado y se perdió en la distancia, persiguiendo el origen de la anomalía.
— ¿Estará bien, verdad? — preguntó Lolo a Eder.
Se refería a Lele, quien se encargaba de la distracción esa noche.
— Sí, perfectamente — el pelinegro no tenía ninguna duda al respecto.
En ese instante, las luces del edificio se apagaron. La ominosa oscuridad le puso los pelos de punta, pero su rostro no reflejó su inquietud. Lolo, sentada sobre su hombro, vigilaba mientras cruzaban el espacio hacia las escaleras. En la última vuelta, una luz verde neón apareció al final del pasillo.
Lili activó una barra luminosa para ellos, similar a la que Vanila llevaba como collar.