Una casa nueva

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Ya que Hazel había dicho que "no hacía falta", sus palabras exactas, Mabel fingió no notar cómo se inclinaban con cada paso. En lugar de eso, le rodeó el cuello con los brazos y dejó caer su peso contra él, relajándose.

—¿Estás cansada?

—Tengo hambre —murmuró Mabel—, pero fue divertido.

—Eso es bueno. Me preocupaba que fueras sola.

—¿Por qué? —Mabel rió, enderezándose. —¡Soy una adulta! Puedo ir sola sin ningún...

Perdió la voz al notar su postura y lo cerca que realmente estaban. Aunque habían terminado así un par de veces antes, esta era la primera vez desde la noche anterior llena de besos. Las cosas entre ellos se sentían... diferentes, más intensas. El aire se espesó con una tensión que le calcinaba las venas, y su cerebro frito, en un despliegue de optimismo, decidió que era el momento perfecto para volverse hiperconsiente de un detalle incómodo: la ropa mojada se le pegaba como una segunda piel, marcando con descaro cada parte que estaba muy feliz de verlo. 

Apretujada contra él, con brazos y piernas enredados a su alrededor, no era precisamente la postura más modesta y casta de todas. El calor subió sin piedad, un rubor feroz le cubrió las mejillas y, para colmo, Hazel seguía sosteniéndole la mirada en absoluto silencio... sin dejar de avanzar, lo que provocaba que sus cuerpos estuvieran en contacto constante, restregándose contra el otro.

Pasó un segundo y luego otro, pero ¿por qué... no la besaba? Su corazón latía con anticipación, y aunque lo vio bajar la mirada a su boca, él mantuvo la distancia. Mabel se lamió los labios, nerviosa.

Un gorjeo furioso y una tos seca y exagerada la hicieron saltar. Se retorció para mirar atrás y se encontró con Gustav apoyado en el marco de la puerta trasera. El mayordomo tenía una apariencia agotada y lamentable, cubierto de virutas de madera de pies a cabeza. En su puño cerrado, una bolita de fuego se retorcía furiosa, picoteándole los dedos y lanzando miradas asesinas a Gustav, Mabel y Hazel por turnos.

—Yo... —Mabel miró a Hazel, haciéndole señas para que la bajara. 

Lo hizo, y aunque era lo que quería, Mabel no se sintió feliz con eso. Subió los escalones del porche y se apresuró a rescatar a Cereza del pelirrojo.

—Lo has malcriado demasiado —se quejó Gustav.

—¿Por qué lo molestas? —Mabel apretó a Cereza contra su mejilla. El pajarito chilló todas sus quejas, despotricando contra ella, Gustav y Hazel con toda la fuerza de sus diminutos pulmones.

Mabel recibió un par de picotazos, feliz de la vida, pero la persona detrás de ella no estaba tan contenta. De pronto, Cereza se atragantó en medio de un gorjeo y, sin previo aviso, se hundió en su mejilla, desapareciendo.

—¿Eh? —Mabel miró sus manos vacías y luego a Gustav, buscando respuestas.

El mayordomo solía actuar como un viejo gruñón, soltando su amargura a cada rato y vistiéndose con trajes anticuados, por lo que Mabel olvidaba con frecuencia que era muy joven, con un rostro de niño apenas entrando en la adultez. En ese momento, parecía un adolescente rebelde que miraba a sus padres con ferocidad. Las profundas ojeras bajo sus ojos resaltaban más de lo normal. Mabel se mordió la lengua para no reír al imaginar pequeñas llamas bailando en la punta de su cabello rojizo, igual que le pasaba a Cereza cuando estaba enojado o avergonzado.

—Está molesto porque lo dejaste —dijo Gustav, cruzándose de brazos con fastidio. —Cuando regularicemos tu número, el contrato con la bestia contractual hará que te siga automáticamente al siguiente juego. Nos arrastrará a todos, en realidad, porque tienes el lado dominante en ellos. Al menos ya no se enojará por eso.

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