Philippa levantó la mirada hacia el cielo nocturno. Las estrellas brillaban radiantes sobre el lienzo oscuro, demasiado lejanas para ensuciarse con el desastre de aquella tierra podrida. Las protestas de los sirvientes se alzaban por encima del murmullo constante que provenía de la iglesia. Manos manchadas de barro y sangre golpeaban las puertas, exigiendo que se les dejara entrar.
—¡Fuera de aquí! —gritó la voz de uno de los chefs desde dentro.
—¡Traidor!
Los sirvientes de menor rango se empujaban entre sí, intentando llegar al frente. Philippa fue apretujada entre los cuerpos desesperados y miró por encima del hombro, hacia la línea invisible que los separaba de los enmascarados. A medida que avanzaba la noche, el círculo se estrechaba, animando a los enmascarados a acechar, jugando a atrapar aunque fuera un trozo de tela que les permitiera arrastrarlos fuera de la protección. Sujetó su falda con los puños. Una idea rondaba en su mente, aún lejana y difusa. Llevaba dos días intentando atraparla, sin éxito.
—¡Miserable cabrón! —gritó Raúl, furioso, golpeando la madera. —¡Las puertas de la fe se abren para todos, hijo de puta!
—¡No tienen espacio aquí y lo sabes! —el chef carraspeó, nervioso. —No se preocupe, señor, no importa lo que hagan, mi espalda no flaqueará, no me moveré ni un centímetro —añadió, dirigiéndose a alguien en el interior.
Los abucheos no tardaron en estallar.
—¡Cerdo traidor!
—Se está haciendo más pequeño —lamentó otro ayudante.
—Esto no puede estar pasando —murmuró una de las sirvientas.
—Nos van a dejar morir —gruñó alguien, pateando las puertas.
—¿Y si... y si le prendemos fuego?
El ajetreo se interrumpió. Los enmascarados retrocedieron, soltando risitas burlonas. El malestar recorrió sus gargantas como un trago amargo; los rostros asustados se endurecieron, y la idea de devolverles el mismo trato ensombreció sus miradas.
—¿Quién tiene fuego?
Comenzaron a moverse desenfrenados en el reducido espacio. Philippa, al no reaccionar como el resto, se volvió un estorbo. En medio del caos, alguien le dio un codazo accidental en la mejilla. La chica cayó de espaldas, aterrizando sobre su trasero, fuera de la línea. Las capas ondearon en su dirección más rápido de lo que los sirvientes, sorprendidos, pudieron reaccionar. Philippa no tuvo tiempo ni de quejarse cuando unas manos enguantadas se cerraron sobre ella.
Raúl gritó entre la multitud, abriéndose paso a empujones. Uno de sus compañeros lo sujetó del brazo, intentando detenerlo.
—¡No, Raúl, ya la tienen!
Philippa soltó un grito agudo y desesperado, forcejeando contra las manos que se aferraban a ella como garras, intentando arrancarle la carne de los huesos.
—¿Qué mierda, Mario? —Raúl lo miró incrédulo. —¡Philippa siempre te ha ayudado, imbécil!
—Pero...
—Vete a la mierda.
Se sacudió las manos que lo retenían, aunque ya era tarde. Su ayuda no fue necesaria. El grupo de enmascarados fue pateado lejos de la chica. Quien la había defendido no se molestó en ayudarla a incorporarse, pero ahora que podía respirar sin dolor, Philippa solo sentía un agradecimiento lloroso hacia esa persona. Al alzar la cabeza, balbuceando su gratitud, se quedó helada al ver un ojo rojo y el otro dorado en el rostro de su salvador.
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Rever Arcade
AdventureMabel quería dinero, una casa propia y felicidad. Aceptó entrar al mundo de juegos de Rever Arcade para buscar al hermano perdido de alguien, con la promesa de volverse ridículamente rica al terminar. Sin embargo, no esperaba acabar siendo dueña de...
