Astarté

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Hazel y Mabel se miraron en silencio. Luego, como un robot mal engrasado, Mabel apartó la vista e intentó levantarse, pero tras haber pasado tanto tiempo con las piernas dobladas, la mala circulación le jugó una mala pasada. Se desplomó sin gracia sobre el suelo, deseando que la casa fuese bondadosa y abriera un agujero bajo ella, como lo había hecho antes. Sin embargo, esta vez la casa estaba molesta con ella, a pesar de que no había hecho nada. Como no podía desquitarse con Hazel por intimidar a Laurel, optó por la segunda mejor opción: Mabel, quien también era parte del "acuerdo" roto. Aunque era la más inocente, la casa no era un ser humano para preocuparse por esas sutilezas.

Así que no, no apareció un agujero para salvar a Mabel de la vergüenza. Por el contrario, algo rechinó en alguna parte, con un sonido que recordaba sospechosamente a una risa burlona y fantasmagórica.

Mabel pensó en fingir un desmayo, simplemente quedarse en el suelo, cerrar los ojos y esperar a que Ryker y Tali despertaran. Pero sus planes se vieron frustrados por el golpeteo de un bastón contra el suelo. Poco después, los pasos de Hazel se detuvieron junto a ella.

— ¿Te sientes mal? — preguntó el joven.

Mabel estaba roja hasta las orejas y fruncía el entrecejo con fuerza. Nadie, jamás, creería que estaba dormida con esa expresión.

— M-me duelen las piernas — susurró, rindiéndose a la presión de su mirada. Se sintió aún más avergonzada, pero esperaba que fingir normalidad le permitiera superar el momento incómodo con mayor rapidez.

Hazel le extendió la mano para ayudarla a levantarse. Mabel negó con la cabeza y trató de arrodillarse con torpeza. ¿Cuánto tiempo había dormido? Mejor aún, ¿En dónde estaban Lele y Cereza?

— Yo puedo sola — murmuró al ver que Hazel no retiraba la mano.

— Lo sé, pero quiero ayudarte — insistió él, con un tono dulce y amable que la hizo sentirse culpable por rechazar su buena intención. No era la primera vez que se tomaban de las manos, pero eso no impidió que su corazón traicionero retumbara como un tambor.

Hazel la apoyó mientras el hormigueo en sus piernas disminuía. El aroma a madera y palo santo se intensificó, y Mabel estuvo a punto de acercar la nariz a su brazo para inhalar más profundamente, pero se contuvo justo a tiempo.

— ¿Y-y Lele y C-cereza? — balbuceó. ¿Por qué tartamudeaba como una tonta? pensó, mirando al cielo - que en realidad era el techo de la casa - en busca de ayuda. En su lugar, encontró una carita burlona dibujada con sangre. Jadeó, indignada, pero antes de que pudiera quejarse, el dibujo desapareció sin dejar rastro. Mabel miró a su alrededor, boquiabierta. Esto ya era el colmo del cinismo. ¡No le había hecho nada a nadie! ¿Por qué seguían molestándola?

— ¿Pasa algo? — preguntó Hazel, mirando al techo sin notar nada extraño.

Mabel apretó los dientes y negó. Si no se sintiera tan infantil, habría acusado a la casa, exagerando y dramatizando cada palabra. Pero no era una niña, y Hazel no tenía por qué escuchar quejas sin pruebas.

— ¿Qué fue lo que viste cuando despertaste? — inquirió él, sin insistir demasiado para no sonar agresivo.

Miró hacia la cocina, donde el hueco de la ventana estaba iluminado por la luz de la luna. Soltó la mano de Mabel cuando ella se apartó, siguiéndola en silencio, mirándola cojear y avanzar con dificultad.

Hazel conocía la respuesta a su pregunta. Estaba al tanto del mapa y de cómo transcurría la partida actual. No lo estaban haciendo ni bien ni mal, ni rápido ni lento. Era un logro que solo uno de los seis jugadores hubiera caído hasta ahora, pero no estaba seguro de que pudieran salir antes de que la muerte cerrara sus garras sobre ellos. El grupo era demasiado precavido, al punto de paralizarse durante largos períodos. ¿Sería suficiente para sobrevivir?

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