No me sueltes

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Mientras observaba fijamente la pintura blanca del techo, a Mabel le temblaba un ojo. ¿Se había vuelto loca? ¿Qué carajos estaba pensando su cerebro cuando la llevó en línea recta a los brazos de Hazel? ¡Lo trepó como un mono a un árbol! Haberlo hecho una vez no significaba que podía repetirlo. La disautonomía no era controlable, los desmayos eran repentinos, fue ella, su cerebro, o ambos, quienes se sintieron lo suficientemente cómodos para desconectarse del mundo, pero antes se aseguraron de llegar un lugar verdaderamente seguro, claro. Se reportaría a sí misma por acoso sexual si pudiera. ¿Tendría que disculparse por manosearlo? ¡Dios!, ¿cómo se iniciaban esas conversaciones? ¿"Perdón si te hice sentir incómodo con mis problemas afectivos y mentales"? Pero él abrió los brazos, ¿no? Algún nivel de consentimiento debió de existir. A menos que simplemente le hubiera saltado encima...

Iba a llorar.

Su cerebro, que la odiaba por culparlo, la obligó a bajar la mirada hasta sus manos cruzadas sobre su diminuto pecho. La visión se le nubló por las lágrimas acumulándose en sus ojos. La bata... ¿Estaba bien cerrada, verdad?

— ¿Por qué está cayendo tu presión? — Lili se apresuró a socorrerla, pero no encontró nada anormal.

Lele, más experimentada en estos casos, palmeó el dorso de la mano de Mabel para tranquilizarla.

"Lele estuvo aquí todo el tiempo. Lele puede prometer que no hubo momentos vergonzosos."

Los indicadores en la pantalla se estabilizaron rápidamente. Mabel cerró los ojos y fingió estar muerta. 

— No hables en tercera persona, Lele, eso esta mal.

 Escuchó los regaños de Lili como un eco distante. Algo andaba mal en ella - además de la evidente bacteria que le provocaba fiebre - y todas sus sospechas apuntaban al mismo origen. Era algo que deseaba, un tema sobre el que había llenado estanterías de libros y con el que soñaba cada noche, pero ahora que la oportunidad había llegado... ¿por qué se sentía tan rígida, torpe y asustada? Enamorarse se suponía que era algo bonito, ¿no?

Se mentalizó para fingir que todo estaba bien - en teoría, lo estaba - y evitar levantar más alarmas. Lo último que quería era que creyeran que estaba teniendo un ataque, solo para ocultar que su cabeza estaba reaccionando raro gracias a los pensamientos intrusivos.

— El pulso se está acelerando de nuevo — protestó Lili.

Era más fácil sentir cosas por personas con las que no tenía ni una oportunidad. De esa forma, su corazón no corría el riesgo de hacerse trizas. Además, él se unió a su equipo por interés, no podía, ni debía olvidar eso.

La puerta se abrió. Vanila entró primero, hablando animadamente con Eder.

— Debe ser difícil jugar con ese historial, ¿cómo te has mantenido vivo? — dijo la peli-rosa, observándolo de arriba abajo —. Bueno, algo así.

Eder sonrió con ironía. Este era su mejor estado de salud en años.

— No te preocupes, ahora que vamos a ser equipo, te preparé lo mejor de lo mejor — aseguró Vanila, guiñándole un ojo.

Hazel entró detrás de ellos. Al verlo, la mirada de Mabel se disparó hacia el techo y se negó a bajar. Eder ignoró su extraño comportamiento y le informó:

— Ya sabemos que  Gustav, está bien aunque enojado, sobre todo. Cereza se quedó acompañándolo y para hacerle de informante.

— Debe estar furioso — suspiró Mabel. Puede que al mayordomo no le gustara nada e haciera todo entre gruñidos, pero algo que sí hacía con entusiasmo era admirar a su jefe, todo el tiempo. No verlo ni hacer nada por él lo debía de estar volviendo loco.

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