Un sirviente elegantemente vestido avanzó por los pasillos del ala principal del castillo mientras se acomodaba compulsivamente los puños y el cuello del traje. Se dio una última mirada en uno de los espejos al pasar y, tras comprobar su aspecto, llamó a la puerta cercana.
—Adelante —respondió una voz desde el interior.
Entró con la mirada baja, sin atreverse a cruzar más allá del recibidor. La persona que buscaba salió de su recámara; desde su posición, solo se distinguía el encaje del camisón rodeando los esbeltos tobillos y el borde de los vestidos de las dos sirvientas que la seguían.
—Señora Chernov —saludó el sirviente. —La esperan en la entrada.
—¿Qué? —la mujer miró hacia la ventana, donde el cielo comenzaba a teñirse de azul y naranja. —Todos han llegado ya... ¿Quién se atreve a venir sin invitación?
—El señor Haines Malak, señora Chernov.
—¿Draven? —susurró ella, estupefacta.
—El señor viene con una invitación del señor Chernov.
—¿De Sasha?
Ivette sujetó un puñado de cabello negro en un gesto ansioso. Se mordió el labio inferior, su mirada vagando por la habitación bellamente decorada.
—¿Hay algún mensaje para mí? —preguntó con voz baja y aguda.
—No se me ha comunicado ninguno, señora Chernov —respondió el sirviente, negando con la cabeza.
—Bien —dijo, echando un vistazo por encima del hombro a una de las sirvientas. —Trae mi bata. Oh, y mis pantuflas.
El sirviente se removió con incomodidad.
—Señora Chernov —dijo con suavidad—, ¿está segura de que desea bajar así?
Después de todo, era una mujer casada, y el estatus de Draven Haines lo convertía en el invitado de honor del castillo. Más que su llegada sin anunciar, resultaba grosero presentarse ante él en esas condiciones.
—Draven debe ver lo incómoda que es su visita —respondió Ivette con indiferencia.
Los sirvientes apretaron los labios, en desacuerdo. Aunque ella lo llamara por su nombre, seguía siendo una mujer casada. Podía darse el lujo de cambiarse, aunque fuera por un vestido sencillo. Si algo salía mal, los castigados serían ellos, no ella. Solo podían rogar porque nadie le diera importancia. Las sirvientas compartieron una mirada amarga mientras le apartaban el largo cabello ondulado para colocarle la bata, y ponían las pantuflas en sus pies descalzos.
El sirviente se hizo a un lado para dejarla pasar, luego la siguió junto con sus ayudantes. Les llevó tiempo llegar a la entrada principal; el cielo ya estaba completamente claro. Ivette miraba por las ventanas con el ceño fruncido mientras caminaba. Había bailado y socializado toda la noche. Le parecía injusto tener que recibir una visita en ese momento, especialmente cuando su marido lo había enviado sin advertencia, ni siquiera con un saludo previo.
Bajó las escaleras con paso rápido, olvidando su mal humor al ver al apuesto caballero que la esperaba en la sala. Draven era alto y musculoso. Llevaba el cabello oscuro más largo de lo habitual, a punto de rozarle los hombros. Aunque también era un hada, nunca se lo había dejado crecer como los demás. La cicatriz que le cruzaba la mejilla derecha y bajaba hacia el cuello seguía luciendo tan sexy como la recordaba. Ivette se acercó, batiendo las pestañas con coquetería y deteniéndose más cerca de él de lo que sería correcto. Draven no llevaba su armadura, sino uno de los trajes elegantes que usaba en contadas ocasiones cada año.
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Rever Arcade
PrzygodoweMabel quería dinero, una casa propia y felicidad. Aceptó entrar al mundo de juegos de Rever Arcade para buscar al hermano perdido de alguien, con la promesa de volverse ridículamente rica al terminar. Sin embargo, no esperaba acabar siendo dueña de...
