No tenía nada de qué sentirse culpable, pero aun así lo hacía. Acaparó un cuenco de frutos rojos y los mezcló con trufas de chocolate creadas especialmente para honrar el amor. Al menear la mezcla con los dedos, el dulce jugo de las frutas desdibujó la forma del corazón, dejando un residuo marrón en las cáscaras rojas. Al ver las manchas, Mabel se preguntó si sus sentimientos eran tan frágiles como las trufas, que se derretían con facilidad, sin importar la fruta. Pensar en gustar seriamente de alguien la hacía sentirse vulnerable, tan frágil como el chocolate que se deshacía al menor contacto.
Los mundos que conocía en Rever traían la palabra "estrategia" al frente de su mente, aunque no fuera muy buena para seguir ninguna. No, no solo estos juegos: cada minuto de cada día era una constante cascada de decisiones, movimientos cuidadosamente planeados para ahorrar tiempo, dinero y esfuerzos, todo con el fin de sobrevivir en una realidad absurdamente cara desde el nacimiento hasta la muerte. Ni siquiera para vivir. No hacía nada para disfrutar los sentidos que su cuerpo le regalaba.
No parecía un movimiento inteligente sentir algo por Hazel. ¿Era porque le prestaba atención después de años de ser invisible? Infantilmente, quería grabar sus nombres juntos solo para comprobar si combinaban sobre el papel, esperando encontrar en ellos una señal de que era lo correcto estar juntos. Desenterró las frambuesas para Cereza porque parecían gustarle más que el resto, las llevaba disimuladamente hacia su cuello para que el pajarito pudiera picotear la fruta bajo la ropa. No lo obligaban a esconderse, pero las dos neuronas de Mabel y Cereza se alinearon para concluir que debían ser el ejemplo de buena conducta si no querían que los separaran. Ella evitaba pensar demasiado en eso, en el deseo de Cereza específicamente, temerosa de que su mente iniciara una cuenta regresiva para ellos.
Después de una vida evadiendo vínculos profundos, era difícil mirar el camino recorrido y despedirse. No solo era una compradora compulsiva, también era una acumuladora, guardando con recelo cualquier cosa que le brindara una breve alegría. Y también era rencorosa, porque perdonó, pero nunca olvidó el abandono. ¿Qué pensaría Cereza de quedarse juntos por siempre?...
— Está listo, señora.
Wilbur apareció en la entrada de su área, entregándole sobres rojos a Amada. La rubia sonrió al recibirlos y pasó los dedos por el papel aterciopelado, como si pudiera leer su contenido solo con el tacto. Mabel se puso aún más nerviosa al ver la curva maliciosa de sus labios.
— Aquí — dijo Amada, sin molestarse en leer las palabras escritas en el frente, entregando su sobre a Vanila.
Hazel también recibió uno. Eder lo tomó sin ningún entusiasmo y, cuando la administradora llegó hasta Mabel, el aire se tornó pesado, cargado de una energía que le hizo hormiguear las manos y acelerar el pulso. Su nombre estaba escrito con una caligrafía elegante, con arcos curvos y tinta dorada.
— Acompáñenme, el lugar de la cita es el salón — la voz de Amada, aun estando tan cerca, sonó lejana en sus oídos.
Mabel se levantó, dejó el cuenco y se limpió las manos impulsivamente en los pantalones, algo de lo que se arrepintió de inmediato. Abrió el sobre mientras seguía a Eder y Hazel por el pasillo. La tarjeta en el interior estaba casi completamente en blanco, salvo por un nombre y un número. Una bola caliente cayó pesadamente en su estómago. A pesar de haber sido muy específica en su descripción, el nombre que aparecía allí no era "Hazel", sino "Dalton".
— Oh — Vanila buscó al moderador con la mirada —. ¿Eres tú? — le mostró su propia tarjeta, con el número siete y un nombre.
Lo era. En la tarjeta de Hazel estaba escrito el nombre de Vanila y la mesa siete. Por alguna razón, Mabel pensó que este resultado haría muy feliz a Gustav.
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Rever Arcade
AventuraMabel quería dinero, una casa propia y felicidad. Aceptó entrar al mundo de juegos de Rever Arcade para buscar al hermano perdido de alguien, con la promesa de volverse ridículamente rica al terminar. Sin embargo, no esperaba acabar siendo dueña de...
