No hay tiempo que perder

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Llegaron de noche a la dimensión. Lolo avanzó tímidamente hasta el primer escalón del porche trasero, observando la imponente fachada gótica. Acarició la madera desgastada, notando las grietas y las esquinas empolvadas. Aunque estaba hecha de tela y algodón, y su peso debería ser mínimo, las tablas rechinaron bajo sus pies. Las bisagras chirriaron cuando la puerta se abrió sola. Una brisa la golpeó como un saludo de bienvenida, y la risa de un niño travieso resonó en las paredes.

Lolo, de pie en la entrada, contempló la intimidante oscuridad por un momento. Luego giró sobre sus piececitos y extendió una mano hacia su hermana.

— Dame una lija — exigió, perdiendo toda timidez cuando se trataba de Lele.

Lolo obtuvo su arma, se anudó el bajo de su vestido de trapo y, sin más preámbulos, comenzó a lijar la madera del porche a un ritmo endiablado. Exigía herramientas de limpieza cada vez que un nuevo obstáculo ofensivo aparecía frente a ella. Le gustaba más Eder que Gustav, por lo que, cuando encontraba tablas sueltas, corría con el chico para que las arreglara. Lele la seguía obedeciendo cada orden con precisión militar, consiguiendo plumeros, clavos y hasta hurtando la crema pulidora del mayordomo. Estaba tan feliz de recuperar a su hermana, que la seguía como una sombra. Nadie había terminado de asimilar su regreso del último juego cuando ya había dos muñecas arreglando el desaliño de Mal con gran entusiasmo.

Mabel saludó vagamente a la casa al entrar y avanzó en línea recta hacia los baldes de agua, decidida a darse un baño de inmediato. Hazel la siguió de cerca hasta la orilla del lago, esperando que le pidiera ayuda, pero ella parecía estar en piloto automático, sin siquiera mirarlo. Tal vez lo estaba ignorando, aunque también tenía la mirada ligeramente perdida, como si estuviera atrapada en sus pensamientos. El juego la había agotado más que a cualquier otro, así que nadie cuestionó su evidente cansancio.

— Por favor, arregla eso — Lolo señaló el enorme hueco en la pared de la entrada principal, por donde se colaba algo de tierra.

En realidad, el polvo y la sangre parecían inherentes a la entidad que ocupaba la casa, así que difícilmente se librarían de la suciedad, pero Lolo se negaba a resignarse. Eder miró a la muñeca, luego a Lele detrás de ella y, finalmente, a su cuarto, que lo esperaba como el rincón más polvoso, oscuro y frío de toda la casa. No tenía prisa en recluirse allí, así que, en cambio, fue a la cocina a ver a Gustav para que ambos inspeccionaran el almacén de armas de Lele y averiguaran qué podía servir para talar árboles.Sin electricidad, velas y linternas se distribuían por toda la casa. Cereza, que seguía a las muñecas con curiosidad, tenía la importante tarea de encender las luces al anochecer, y ese día no fue la excepción. 

Mabel entró por la puerta cargando dos botes de agua con los brazos temblorosos. Tiró la poción pasada de "El reflejo del mundo" por la ventana, echó agua limpia en la olla y la puso al fuego. No dijo una palabra y se fue con la mirada baja. Gustav se reclinó en la silla, siguiéndola con la vista y una ceja arqueada. Eder, por su parte, observó a Hazel entrar poco después con un puñado de corazones de ángeles. La semilla en el centro de la fruta estaba más roja, y sus venas rojizas se extendían, coloreando la pulpa lechosa del corazón. La luz, la tierra y el agua de esa dimensión eran excelentes para la magia, siempre le asombraba ver el alcance de ese lugar.

— Mabel huele mal — soltó el moderador. Aunque parecía preocupado, no agregó nada más.

Cereza se enojó al oírlo, piando furiosamente desde donde vigilaba a las hermanas. Si Mabel lo escuchaba decir algo así, se volvería loca. Por suerte, había pasado a su cuarto después de dejar los botes con el resto del agua en el baño y se encerró sin querer ver a nadie.

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