La espiral había pasado de ser un tobogán por donde se deslizaban a una banda corrediza que iba en sentido contrario y girando sobre su propio eje. Mabel se mareó de inmediato al entrar, dejando caer todo su peso sobre el brazo de Hazel, incapaz de controlarse. El tiempo en la espiral también fue más breve que antes, apenas dieron un par de pasos antes de salir al otro lado. Sin embargo, fue suficiente para que Mabel saltara lejos de Hazel y se arrodillara en el suelo a vomitar. No había cenado, pero había pasado la tarde tomando té y galletas, y eso fue lo único que expulsó patéticamente.
Jadeó sin aliento, sintiendo las oleadas de náuseas desestabilizarla. Poco después, Gustav apareció y terminó vomitando también.
— ¿Qué fue eso? — gimoteó el pelirrojo, mirándola con reproche.
Mabel solo sacudió la cabeza, deseando hacerse bolita en el suelo y fingir un desmayo. Era de noche y, posiblemente, estaban en otro maldito bosque. Mabel quiso llorar. A lo lejos, el motor de un auto retumbó entre los árboles, seguido del aullido eufórico de un hombre. A pocos metros, una gigantesca camioneta, con llantas enormes y pintada de rojo y naranja fosforescente, pasó a toda velocidad ondeando una bandera con una calavera grafiteada. Desapareció tan rápido como había llegado, dejando al par estupefacto en el suelo.
La andadera fue colocada junto a Mabel, y la gentil mano de Hazel se extendió frente a sus ojos.
— ¿Te sientes mejor?
¿Con el sabor del vómito en la boca? No. Mabel ni siquiera quería mirarlo a la cara. Lele, entendiendo cómo era ella, le ofreció una botella de agua para enjuagarse. Gustav, detrás de Mabel, también extendió la mano esperando que Lele le entregara una.
—"Se han acabado" — mintió la muñeca mientras se alejaba.
El flujo de maldiciones que brotó del rencoroso corazón de Gustav se detuvo cuando Mabel le regaló su botella. En lugar de colgarse nuevamente de Hazel -principalmente porque le daba vergüenza mirarlo y que él se sintiera obligado a ayudarla otra vez-, Mabel se apoyó en la andadera para levantarse. Juntos, se acercaron al camino de tierra.
— Ya me quiero ir — declaró Mabel, observando el sendero, tan desconocido como familiar. Los bosques eran los lugares más macabros donde había peleado sus peores batallas. Ya no podía verlos con los mismos ojos soñadores con los que había contemplado San Lázaro por primera vez.
— Es un juego tipo carrera, nivel cuatro. La tarea es competir en al menos cuatro pistas, y el número de jugador se activará en la arcade para poder salir.
— ¿Cómo...?
Lele, Cereza y Mabel giraron el cuello al mismo tiempo para mirarlo. Hazel seguía leyendo su panel. Aunque formaba parte del equipo, seguía siendo un moderador y, por supuesto, tenía acceso privilegiado a la información. Gustav simplemente asintió, comprensivo.
— ¿Así que... estamos en una carrera de autos? — preguntó Mabel —. ¿Nosotros?
El moderador asintió.
— ¿Y... nos darán un auto o debíamos traer uno? — Mabel señaló en la dirección por donde había desaparecido la monstruosa camioneta.
— Esa parte no aparece en el resumen del sistema.
— ¡Mierda! — corearon Gustav y Mabel.
La mente de Mabel la llevó a aquella fatídica noche en que estampó la camioneta del guardabosques contra un árbol. Le costaba admitir que no sabía conducir, pero Kiran había tenido razón al regañarla esa vez: si no podía hacer algo, debía decirlo.
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Rever Arcade
AvventuraMabel quería dinero, una casa propia y felicidad. Aceptó entrar al mundo de juegos de Rever Arcade para buscar al hermano perdido de alguien, con la promesa de volverse ridículamente rica al terminar. Sin embargo, no esperaba acabar siendo dueña de...
