Era probable que, una vez más, sobreestimara sus capacidades al pensar que podía lograrlo todo con la ayuda mágica de la auto-convicción y, por supuesto, la manifestación. Estaba equivocada. Y mucho. En todo ese rato, no dudó ni un segundo, a pesar de que todos, incluyendo a Cereza, que ni siquiera puede hablar, le preguntaron si realmente lo haría. No cambió de opinión cuando Hazel le entregó su suéter para usar durante la carrera. Al contrario, tuvo más ganas de correr al auto al sentir los restos de su calor corporal en la prenda, tuvo que luchar consigo misma para no enterrar la cara en la ropa ni hacer algo sumamente vergonzoso como olfatearla frente a él. Eso no impidió que, al ponérselo, tomara bocanadas de aire más largas y profundas. Le quedaba muy grande y, por alguna razón en la que no quería profundizar, le pareció algo muy reconfortante.
Tampoco lo pensó cuando el moderador la acompañó al asiento del copiloto mientras hablaba de lo fácil que era golpearse la cabeza en esas circunstancias.
- Necesitas esto - dijo con calma, entregándole un casco de motociclista. Era negro, tosco y feo. Mabel lo despreció de todo corazón al verlo -. Es importante que protejas tu cabeza.
Ah, claro, ahora resulta que sí le preocupaba que se golpeara, pero cuando casi se desnucó contra el carro, prefirió contarle las costillas fracturadas a otra. Muy bien. Estuvo a punto de rechazar el casco, pero en un movimiento desesperado, Cereza se posó en el hombro de Hazel. El moderador estaba inclinado junto a la puerta, con el casco entre ambos. Había muchos otros lugares donde el pajarito podía posarse, pero al elegir su hombro, era una clara forma de apoyar sus intenciones. Con sus ojitos negros como frijoles, miró a Mabel con expresión acuosa y triste, mientras sus alas se agitaban nerviosas.
- Está bien - murmuró Mabel, rindiéndose y tomando el casco de mala gana.
-"Pero este no lo regales, ¿sí?" - Lele apareció colgando de la ventana abierta.
Eder suspiró al observar la escena. Detrás de ellos, el suelo de la cochera estaba lleno de basura, con los restos de cascos que no habían pasado el control de calidad de Lele y su mazo colosal. El moderador y el pajarito permanecieron junto a la puerta, asegurándose de que tanto el casco como el cinturón de seguridad estuvieran bien ajustados. Al verlos, Mabel recordó el momento en que Davian se arrodilló junto a ella mientras vomitaba. Su interés en aquel entonces había sido muy falso y tan frío como el Ártico. Sin embargo, estos tres habían hecho negocios con ella y por ella. Aunque no entendía del todo el porqué de tanto interés, al mirarlos no sentía el escalofrío de desagrado que le provocaba tan solo pensar en el Mayor General.
Pero cuando la voz en las bocinas dio la primera llamada y la parte trasera del auto comenzó a elevarse, toda su confianza se desplomó. Respetaba las alturas, no les temía, pero lo que realmente la aterraba hasta los huesos, algo que acababa de descubrir en ese preciso instante, era la caída. Era tan tonta como para reprimir el recuerdo y fingir que nada había pasado, pero de pronto no podía pensar en otra cosa más que en los breves segundos en los que cayó del faro, el cielo gris cubierto de nubes y el abrumador sonido de las olas golpeando el puerto. Podía seguir menospreciando sus miedos, pero enfrentarse a uno de manera tan brutal... Por primera vez comprendía la magnitud de la palabra "Temor" y el significado detrás de ella.
Aunque la inquietaba la idea de verse vieja a los veintiséis, no podía decir que Everton Village tuviera algo que realmente la asustara. Ni la familia Clow ni Paseo Nocturno lograban intimidarla tampoco. No le temía a derramar sangre ni a sangrar. Era una mujer que intentaba reconstruirse día a día para sobrevivir en un mundo que la odiaba. Sus miedos provenían de experiencias desagradables: la aterraba la idea de que alguien la siguiera por la calle, que entraran a su casa a robar o agredirla, la posibilidad de ser pobre y no tener nada, nunca. Ahora estaba lista para agregar formalmente a su lista de "Evitar a toda costa por siempre" el miedo al agua y a las alturas, porque no viviría mucho tiempo si seguía fingiendo que no tenía temores ni problemas.
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Rever Arcade
AdventureMabel quería dinero, una casa propia y felicidad. Aceptó entrar al mundo de juegos de Rever Arcade para buscar al hermano perdido de alguien, con la promesa de volverse ridículamente rica al terminar. Sin embargo, no esperaba acabar siendo dueña de...
