El asedio comenzó con la sombra de un ave proyectándose sobre el auto. Después de tres túneles infernales, la dinámica de los conejos se repitió; ni lentos ni perezosos, todos los equipos dieron lo mejor de sí para destruir hasta el último de los cartones. Una luz verde se encendió sobre cada competidor, que atravesó el túnel oscuro como un rayo, con los dibujos de Brava y sus pingüinos de fondo. El gremio de Los Perdidos observaba con horror la amenaza que se cernía sobre su equipo, mientras ambos miembros en el auto, ingenuamente, celebraban un momento de calma, esperando que la carrera terminara pronto.
Sin darse cuenta, el ave cayó sobre ellos, reduciendo su tamaño hasta convertirse en una diminuta bolita que cabía en la palma de la mano. Maniobró en el aire hasta posicionarse debajo del auto a toda velocidad. Eder había sido muy claro con sus instrucciones:
— Una consola de ataque no es un panel de seguridad ni un aparato sofisticado. La pantalla que se despliega frente al usuario muestra una vista general de su alrededor, como los monitores de una computadora... — Lele y Cereza inclinaron la cabeza, confundidos. Eder se dio cuenta de que estos dos pequeños seres destructivos jamás habían visto una computadora o, si lo habían hecho, no les había importado lo suficiente como para entender que era —. No importa, lo único que debemos saber es que tienen una visión de 360 grados desde el punto donde se instaló. Al estar conectada al tablero del auto, no detectarán nada desde otros ángulos. Y como siempre buscan amenazas desde arriba...
La solución estaba clara: atacarían por debajo. Cereza, siendo diminuto, descendió tras el auto. La consola no lo reconoció como una amenaza y lo descartó, el jugador que debería estar al pendiente tampoco se dio cuenta de su presencia. Al posicionarse debajo, se metió entre los cables del motor. Eran autos, no tanques de guerra. Aunque las trampas no eran inusuales, había varios factores que debían alinearse para que un plan como este funcionara: el participante debía ser pequeño, encontrar la manera de poder estar debajo del auto y, más importante aún, resistir las altas temperaturas, ya que el motor ardía por el exceso de velocidad. Por supuesto, existían pócimas para reducir el tamaño y aumentar la resistencia, pero, honestamente, ¿Quién gastaría tanto en una carrera? Seguía siendo un juego de nivel cuatro, por dios.
Con Cereza, todos los factores se cumplían con facilidad. Además, era un pajarito astuto que cortó con precisión los cables indicados por Eder.
— ¡M-mierda! — el conductor, el jugador 952812, notó de inmediato algo extraño, pero, sin identificar el origen del problema, no supo qué hacer. De repente, las luces interiores se apagaron. El auto entero acababa de dejar de funcionar, y no tenía ni puta idea de por qué.
— ¿Gill...? — preguntó su compañero, alternando la mirada entre el rostro aterrorizado de Gill y la pantalla desplegada frente a él —. ¿Qué está pasando?
— ¡N-no sé!
Los pedales no respondían. Desesperado, intentó usar el freno de mano, pero este tampoco funcionó. Era una estrategia común: frenar en seco para que los lobos los marcaran como "perdedores" y los sacaran de la carrera de inmediato, protegiendo así el auto y sus accesorios de los carroñeros del deshuesadero. Pero si el vehículo no se detenía... todo estaba permitido.
Eder, imitando a Gustav, pegó la defensa de su auto contra el de Los Perdidos.
— ¡Los del veneno! — gritó el jugador 912409, torciendo su cuerpo para mirar por la ventanilla trasera a Eder, quien lo saludaba con descaro.
— ¡No, idiota! Estos son los otros, los envenenados. ¿Qué carajos están haciendo? — Gill abofeteó el brazo de su compañero —. ¡Ponte a trabajar! ¿No ves que nos están atacando?
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Rever Arcade
AventuraMabel quería dinero, una casa propia y felicidad. Aceptó entrar al mundo de juegos de Rever Arcade para buscar al hermano perdido de alguien, con la promesa de volverse ridículamente rica al terminar. Sin embargo, no esperaba acabar siendo dueña de...
