No estoy enojada

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Aunque las manos que le sujetaban la pierna untaban crema con masajes suaves y sospechosamente lentos –subiendo desde los dedos del pie hasta el muslo en un dulce tormento–, Mabel no podía disfrutar de ser acariciada tan agradablemente. No dejaba de pensar en que Hazel, el dulce y amable Hazel, no había respondido a sus comentarios sobre matrimonio. Ajá, puede que estuviera un poco atolondrada por el golpe, pero seguía consciente. Él sabía que estaba en pleno uso de sus facultades, le siguió la broma, se rió... y aun así evitó dar una respuesta clara a su no –pero casi– propuesta.

Clavó la mirada en sus mechones rubios. Hazel, arrodillado, casi tarareaba feliz mientras le manoseaba las piernas con la excusa de hidratarle la piel. Extendió las toallas ásperas del castillo para que Mabel se parara sobre ellas, y luego sacó unas suaves y esponjosas de su panel para que pudiera envolverse. Cuando le mostró la crema, que hizo que todo oliera a vainilla apenas abrir la tapa, Mabel volvió a entregarse en bandeja de plata, por segunda vez. Este hombre la había bañado con tanto entusiasmo que tuvo que arrebatarle la botella de jabón antes de que fuera más profundo. Le sonrió brillante como el sol y aceptó dejarla hacer las cosas por sí sola... pero solo si lo dejaba mirarla. Pensó que la miraba como si la adorara. Como si. Porque este tipo, que la trataba como si fuera lo más valioso del universo, aún no había dicho ni una palabra sobre estar juntos.

Cada vez le irritaba más recordar su conversación. Puede que el concepto de "novios" no existiera en ese mundo, pero el de matrimonio sí, y ese desgraciado solo había sonreído cuando insinuó casarse con ella. Mabel tuvo que hacer un esfuerzo por no patearlo por puro despecho o jalarle el cabello hasta que la responsabilidad afectiva se le metiera a golpes en el cerebro. Las mejillas se le encendieron, una mezcla tóxica de rabia y vergüenza. Von Bargen jamás habría dejado a Cordelia en ascuas; es más, ya se habrían casado esa primera noche en que se conocieron si ella no hubiera estado aterrada del tipo que la secuestró de las manos de su familia.

—Lele aún no regresa —dijo Hazel de pronto, poniéndose de pie.

Quedaban casi cara a cara, ya que la diferencia de estatura era mínima. Mabel sujetó la toalla con fuerza al verlo alzar una mano para tomar muy suavemente su muñeca. Por supuesto, se dejó hacer lo que él quisiera. Los masajes comenzaron en el dorso de la mano y fueron subiendo, lentos y traicioneros.

—Tendremos que vestirte primero y aplicar la medicina después.

—Qué bueno que ya paró de sangrar, entonces —murmuró Mabel, apartando el rostro y fingiendo que no le afectaba la cercanía.

—¿Estás enojada? —le preguntó el moderador, extrañado.

Ya había alcanzado sus hombros y cerrado los dedos cerca del cuello. Mabel sabía que era un maestro en desenredar músculos tensos, y no quería otra cosa más que dejarse caer contra él y obligarlo a masajearla de nuevo... pero sí, efectivamente, estaba molesta.

—No —respondió con sequedad.

Impulsada por el resentimiento, logró alejarse de esas manos perversas que convertían su dignidad en papilla.

El moderador no pareció notar el desaire. Fue directo al armario de la habitación y regresó con un vestido azul pálido. Mabel lo observó, alzando las cejas por la sorpresa.

—¿Por qué tienes ropa de mujer? —le soltó, fulminándolo con la mirada.

—La pedí.

—¿Y te la dieron?

—Por supuesto. Les dije que me estaba preparando para esta noche.

La sorpresa de Mabel se transformó en desconfianza al instante.

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