Los clientes son tan raros

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El primer día era entendible, el segundo pasable, incluso el tercero tolerable, pero ¿el cuarto? A Mabel comenzó a temblarle el ojo, incapaz de apartar la mirada de la puerta. En el quinto día de espera, con el trasero entumecido y obligada a tomarse un descanso forzado de la costura por tener los dedos llenos de pinchazos -cualquiera pensaría que mejoraría con tanta práctica, pero no era el caso-, lamentó profundamente no haber roto esa botella de vino contra la puerta. Gustav había demostrado excelentes habilidades de carpintería que bien podía darse el lujo de explotar. Su patético y adolorido cuerpo se arrastraba cada día por una nueva rutina de ejercicios que amenazaban con acabar con ella, pero, de forma extraña, retorcida y sin sentido, la llenaban de energía. Estaba lista para atender su negocio con una gran sonrisa. Solo le faltaban los clientes.

Por su puerta no había entrado ni un alma perdida, mucho menos un curioso. Si Vanila no insistiera en esconderse debajo de una piedra para que nadie la viera, ya le habría rogado que repartiera volantes. Su belleza atraería gente sin dudarlo. Algunos globos de la inauguración seguían adornando la entrada, pero otros ya estaban desinflados y colgaban, tristes, sobre la ventana. Mabel se sentía como esos globos.

Al iniciar el sexto día, Eder decidió dar un paso al frente por el equipo.

—Correré la voz —dijo, levantando su trasero entumecido del asiento desde donde acompañaba a Mabel a contemplar la vida. —También aprovecharé para entregar accesorios que tengo pendientes y buscaré a Alen. Debe haber regresado ya de su juego, es bueno consiguiendo clientes. Le diré que venga a ayudar.

Mabel volteó a verlo, casi rechinando de la tensión.

—¿Y querrá hacerlo?

—Sí, le encantará.

La chica recordó ese primer encuentro con Alen. Sí, definitivamente le interesaría involucrarse en el negocio de su hermano. No por nada había actuado como "filtro" hasta ahora.

—Ve —le hizo señas con las manos para apresurarlo. —Rápido, no dejes que tu hermano se ocupe en otra cosa.

—¡Eder! —Lolo corrió desde la despensa, donde limpiaba latas de comida por alguna razón desconocida. —¿Vas a salir? ¿Puedo ir contigo? Necesito comprar cera para las ventanas.

Eder echó un vistazo a Mabel, buscando aprobación. La chica abrió el cajón de los tickets y señaló su interior.

—¿Necesitan?

—No, los puntos que ganamos aún están en mi cuenta.

—Diviértanse —los despidió Mabel.

Con el visto bueno de su jefa, Eder se subió el gorro de la sudadera, metió a Lolo por el cuello para que pudiera asomarse y se marcharon. Mabel volvió a contemplar la tienda, esperando.

No mucho después, Gustav salió del almacén del inventario.

—Nos faltan ingredientes —anunció, dirigiéndose hacia la puerta. —Regreso en un momento.

—¿Tienes puntos? —preguntó Mabel, a punto de abrir el cajón de nuevo, extrañada por su apuro.

El pelirrojo andaba muy raro últimamente: sonriente, pero de forma siniestra. Era especialmente molesto por las mañanas, tarareando alegremente mientras servía el desayuno y mirándola con una intensidad cuestionable. Si no actuara como un culo gruñón el resto del tiempo, cualquiera pensaría que se había vuelto loco de remate.

—Más que tú, sí.

—¡Vete al... —Mabel lo vio escapar velozmente hacia el Jardín— ...diablo. Idiota.

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