Manzanas

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Que Mabel supiera, no existía un problema real entre Vicent y ella. Es decir, él había intentado usarla como ficha de cambio con Astarté, y ella lo había dejado tirado en un túnel lleno de raíces hambrientas. Nada que no pudiera considerarse parte del juego, ¿no? Al menos eso repetían los jugadores siempre que les convenía: "No es nada personal". Claro... siempre que los heridos no fueran ellos.

—¿Bailas? —insistió Vicent.

—No —Mabel negó con firmeza con un movimiento de cabeza.

Lo bonito del libre albedrío era poder decir que no, incluso cuando las personas a su alrededor lucían sorprendidas. Alguien entre los presentes aspiró aire de forma escandalosa, como si hubiera presenciado la peor grosería del mundo. Hazel soltó su mano con naturalidad, solo para rodearle la cintura con ambos brazos.

—Mi mujer no baila con nadie más que conmigo. Espero que lo comprenda —dijo con tono amable.

El anciano Vicent entrecerró los ojos. Solo entonces pareció notarlo. Frunció el ceño y, durante unos segundos, lo observó con atención, como si intentara recordarlo de algún lugar. Finalmente, su boca se torció en una mueca apenas disimulada.

—Entiendo... —murmuró. —Es una sorpresa. Este baile —abrió los brazos, señalando la sala— está pensado para que los invitados se conozcan... conectar con nuevos amigos.

—¿Ah, sí? —el moderador ladeó la cabeza ligeramente, apuntando con sutileza a la fila de nuevos jugadores al fondo. Todos esperaban su turno para el evento principal con caras de hastío o abierto desprecio. —Me parece que han olvidado que esto es más que un evento social.

—Desde luego que no —Vicent sacudió la cabeza, sonriendo encantador ante la audiencia. —Nuestros queridos invitados participan activamente en el juego, lo viven como una experiencia inmersiva, sensorial, visceral... Son un activo valioso para el sistema y una encantadora adición a la trama, por supuesto.

Mabel se mordió los labios para no preguntarles si eran estúpidos. ¿Activos valiosos? ¡Más bien pervertidos asquerosos! Había fuentes de sangre –vivas– como centros de mesa. Y aunque no tenía pruebas, no dudaba que existieran puntos de cruising en algunos rincones oscuros. Había visto vestidos desordenados, pantalones mal puestos y más de un labial fuera de lugar al llegar. 

—Esa es una interpretación bastante liberal de las reglas —comentó Hazel con indiferencia.

Mabel deseó gritar "¡Repórtalo!", aunque no era el momento de agitar las aguas. Le habían advertido que había un traidor entre los jugadores, y al parecer lo había encontrado sin siquiera intentarlo. Solo quería un baile más, cumplir con su trabajo, y luego podía irse todo al carajo.

—Socializar no es un crimen, ¿cierto? —insistió Vicent, arqueando una ceja. —Sería una lástima que viejos conocidos no pudieran ni siquiera intercambiar palabras.

—¿Vicent? —una mujer se abrió paso entre la multitud.

El rostro de querubín tenía grandes ojos verde esmeralda, delineados en negro y labios rojos. El vestido gótico, con gran volumen, la hacía ver más pequeña y menuda entre tanta tela; el corsé, de encaje granate y negro con pedrería salpicando el pecho, se combinaba con mangas abombadas alrededor de los codos y guantes largos y oscuros. Llevaba un antifaz negro con plumas a los costados, encaje y más pedrería. Mabel supo de inmediato quién era, ya que era la versión femenina de Draven.

—¿Sucede algo?

Guardias con máscaras blancas y ropas oscuras aparecieron tras ella.

—Un simple reencuentro —respondió el anciano con voz amable.

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