Moneda de oro

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—Son adorables, los quiero mucho, ustedes saben lo mucho que los quiero, pero la próxima vez que vengan a ensuciar mis sábanas así, van a dormir con Gustav.

Cereza miró a Lele. La muñeca se encogió de hombros, meneándose tímidamente.

"Lele cree que él tiene muchos tesoros ocultos en su cuarto" —dijo, mirando al pajarito con duda.

—Me alegra que les emocione averiguar su receta secreta de jabón de trastes.

Bajaron las cabecitas, aceptando la culpa.

"No volveremos a hacerlo. Lele promete lavarse antes."

Cereza pió una respuesta que Mabel esperaba que fuera una promesa parecida. Lele miró por encima del hombro, hacia las dos serpientes que los observaban detrás. Pateó a Cereza con un puntapié y ambos miraron a Mabel con idénticas expresiones de tristeza.

"¿Lele y Cereza van a ser los únicos regañados?"

—Sí —asintió ella con firmeza, haciendo un gran esfuerzo por no reír.

Lele volvió a mirar por encima del hombro, encogiéndose con aire lastimero.

"Pero Lele y Cereza no fueron los únicos que vinieron a dormir anoche después de jugar..."

—Muy mal, Lele. Tú misma puedes ver que ni un grano de arena se quedó pegado en sus escamas, no puedes culparlas —señaló las manchas de tierra sobre la sábana; las huellas de Cereza se mezclaban con círculos del tamaño y forma de los zapatos de la muñeca. No había líneas ni otras marcas de arrastre. Estaba claro quienes fueron los culpables.

Ciruela les mostró la lengua bifurcada con un siseo ofendido, alzó la cabeza con altivez y llevó a la serpiente bebé hasta la puerta, deslizándose por debajo para seguir explorando la casa.

Como había dormido casi todo el día anterior, Mabel se despertó al amanecer. El revoloteo en su estómago era un dulce recordatorio de que el fin de su soltería se acercaba o, en el peor de los casos, descubriría si estaba condenada a una vida de celibato. La primera parada de ese magnífico día fue el baño. Los diablillos la vieron salir poco después, tarareando feliz mientras rebuscaba en el armario algo lindo que ponerse, con la cara embadurnada de crema hidratante. Aprovechando que estaba distraída, saltaron por la ventana, escapando antes de que ocurriera algo que les valiera otro regaño. Tal como lo imaginaron, no mucho después, llamaron a la puerta de la habitación. 

Mabel dejó de lado los dos vestidos que estaba considerando, miró su pijama de corazones y pensó en cambiárselo apresuradamente, pero otro golpeteo exasperado la instó a darse prisa. Un escalofrío le recorrió la espalda: solo una persona la presionaría de esa manera.

Ya había salido del baño peinada –¡gracias al cielo!–, por lo que solo tuvo que poner su mejor sonrisa –procurando que no se notara lo tensa que sentía– para darle los buenos días a Gustav.

El alma se le vino a los pies al verlo en ropa deportiva. La sonrisa en su rostro tan forzada como la de ella.

—Buenos días —dijo el mayordomo. —Hoy entrenarás conmigo.

—...Ah, me duele —Mabel se apoyó en el marco, frotándose el estómago.

¡Lo invocó! Esto era su culpa por usarlo como amenaza, el karma venía a morderla de regreso. ¡No volvería a decir su nombre por la mañana!

—No es tiempo para tu menstruación.

...

Oh... ¿Por qué, de pronto, le dieron tantas ganas de desaparecer? El ataúd enterrado en el patio empezó a parecerle terriblemente tentador... 

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