¡No cierres los ojos!

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La peluca tenía un encantamiento para mantenerse adherida a su cabeza, el hechizo de los duendes, ni más ni menos, y aún así, tiraron de ella con tanta fuerza que la arrancaron de un solo jalón, dejando al descubierto una cascada de cabello oscuro. Alva apretó los dientes con rabia, negándose a quejarse por la brusquedad. También se obligó a mirarlo, aunque verlo fuera lo último que deseaba hacer en esa vida y en todas las que le siguieran.

Sasha no reaccionó a su mirada; simplemente arrojó la peluca al suelo con desagrado, observando cómo los mechones negros volvían a acomodarse en su lugar habitual. Alva alzó aún más el mentón, desafiándolo con la mirada, mientras él levantaba una mano y atrapaba un hilo de oropel enredado entre su cabello. Ella solía arreglarse sola, así que no era extraño que algo se le escapara. A veces no cumplía del todo con la apariencia que exigía su gremio, aunque nunca había sido un problema serio. Sin embargo, en ese momento –y por primera vez– lamentó no haber sido más cuidadosa. El estómago se le encogió al ver ese hilo insignificante entre sus dedos.

Retrocedió un paso y su cabello se deslizó fuera de sus manos. No había una forma sencilla de salir rápido de esa situación, así que tomó aire y soltó, con firmeza:

—El administrador ha incumplido las reglas e intervenido en la partida de un jugador. Sasha ladeó el cuerpo hacia la izquierda; sus ojos rojos se perdieron en algún pensamiento. Alva aprovechó para mirar alrededor. Por algún milagro desconocido, la había llevado a una habitación en una torre. Las ventanas abiertas dejaban entrar el viento frío, que agitaba las cortinas. Aquella imagen le permitió respirar un poco mejor. No estaba bajo tierra. Se frotó las manos contra el vestido en un intento de calmarse. No quería que él pensara que estaba perdiendo la cabeza, que era él quien la empujaba al borde... a pesar de que su pulso contara una historia diferente.

El movimiento llamó la atención de Sasha hacia sus manos. Alva reprimió el impulso de ocultarlas para que no viera su anillo de compromiso. Internamente celebró que el plan funcionara, aunque habría preferido no tener que llevarlo a cabo tan pronto. En lugar de retroceder, alisó las arrugas que ese cretino había provocado al arrastrarla sin cuidado.

—¿Las felicitaciones están a la orden del día? —susurró el vampiro.

—Lo están —afirmó Alva.

—Habrá que celebrar esta noche, entonces.

—No hace falta. Ya lo hicimos... en privado —remarcó.

Sasha se apartó, caminando hacia el elegante bar de la habitación. Ella se dirigió a la ventana. ¿Qué tan alto estarían? Aunque no distinguiera el suelo, saltar sonaba mejor que seguir asfixiándose en esa habitación. Por una vez, Sasha Chernov había mostrado un atisbo de decencia. Aquello no era una cárcel aérea ni un encierro disfrazado. Estaban a una altura media; nada que no pudiera soportar. Y precisamente por eso, sospechó aún más de sus intenciones.

Lo buscó con la mirada, pero él no se había ido a ningún lado. Había servido dos vasos del licor más fuerte disponible y esperaba, apoyado en la mesa, a que ella se uniera. Por lo que a Alva respectaba, podía quedarse ahí hasta que se secara.

—¿Cuándo se llevará a cabo? —dijo sin siquiera mirarla.

Estaba increíblemente tranquilo. Alva se cruzó de brazos, esperando que él creyera que era el viento nocturno lo que le erizaba la piel. Tal vez había madurado, como ella. Ahora era administrador y tenía deberes; ella ya no era una don nadie que podía desaparecer sin que alguien lo notara. Habían cambiado. Quizás, con algo de suerte, el milagro sería aún mayor y este infeliz hijo de puta se disculparía por una vez en su vida.

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