Remodelaciones

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Una simple disculpa, dicha en un tono neutro y apático, no resolvió nada. Eder solo podía suspirar y resignarse en silencio. Si bien no esperaba que, entre todas las extrañezas que rodeaban a ese equipo, también estuviera involucrada una dimensión separada y una aparente incapacidad para regresar, como cualquier jugador promedio, al jardín al final del juego, ¿le importó? Absolutamente no, especialmente cuando Gustav le entregó una caja de madera repleta de tónicos que guardó felizmente en su panel.

Los problemas comenzaron cuando preguntó por el baño y la atmósfera se volvió incómoda. La regadera oxidada temblaba y rechinaba sin arrojar ni una sola gota. El espacio era pequeño, frío y mohoso. Mabel soltó una risita nerviosa y, sin decir nada más, regresó a la cocina para calentar agua en una tetera. Eder, quien, a pesar de ser pobre y de fortuna desdichada, contaba con un departamento perfectamente equipado con instalaciones impecables -todo entregado gratuitamente por el sistema a cada jugador en Rever- jamás se imaginó viviendo algo como esto: bañándose con una cubeta a la luz de las velas. Tampoco pensó que, además de perder todas sus comodidades, también tendría que abandonar sus herramientas y materiales al no poder regresar a la central de juegos como de costumbre.

— ¡No te preocupes por eso! —- exclamó Mabel con un tono alegre y ligeramente forzado, intentando animar al pobre chico y distraerlo de su espiral de arrepentimiento —. Pronto vamos a remediarlo — le guiñó un ojo.

No sería tan pronto, sin embargo. Acostado en un colchón delgado como un trozo de papel, en una habitación vieja y polvorienta, Eder solo podía soportar en silencio los pasos que correteaban en círculo en el piso de arriba para molestarlo, el sonido agudo de uñas contra el cristal de la ventana provocado por una mano pequeña e infantil que no estaba precisamente en el exterior, y los rechinidos de una casa que se tambaleaba con el mínimo soplo de aire. Eder no se atrevió a aceptar el pijama de Gustav. En cambio, se volvió a poner la ropa sucia y se acomodó medio sentado, con los brazos cruzados y el gorro de la sudadera cubriéndole todo el rostro para evitar que más sangre le lloviera en la cara.

Finalmente, muy entrada la noche, una puerta se abrió. Pasos apurados se detuvieron frente a la habitación de Eder, seguidos por un golpeteo suave pero firme. Mabel no esperó a que le dieran permiso antes de abrir.

— Te juro que esto no lo había hecho antes — aseguró, sabiendo que, si ella podía escuchar claramente cada sonido, Eder lo sufría aún más.

Llevaba una almohada en brazos y un pijama que le quedaba grande; además, se había puesto las botas con las agujetas desatadas. Cereza, adormilado, era una bolita roja sobre su cabeza, y Lele se acurrucaba cómodamente entre la almohada y su pecho.

— Vamos — le hizo un gesto a Eder para que la siguiera —. Tenemos una casita de campaña. Dormí en ella un tiempo, te prometo que es muy cómoda. Mañana mismo hablaré seriamente con Mal y resolveremos esto.

En la pared detrás de ella, una carita burlona se dibujó en tinta roja. Eder volvió a suspirar. Mabel no aceptó su resignación desganada y lo sujetó del brazo para arrastrarlo fuera. No habían dado dos pasos por el pasillo cuando Hazel, despierto y aún vestido de traje, salió de la biblioteca -que también era su habitación y oficina- para detenerlos.

— Ya es un poco tarde para salir, ¿no?

— Voy a acompañar a Eder a dormir fuera hasta que Malva se canse de molestarlo.

— Mal es una criatura aún muy joven — dijo Hazel, interponiéndose en el camino de Mabel-. Infantil como un niño pequeño. Ahora que está recuperando fuerzas con la atmósfera tan rica de tu dimensión, simplemente quiere probar más trucos.

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