La grandeza de un cupón

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— Puede que la personalidad del objetivo sea agresiva, pero eso no significa que un acercamiento igual de hostil vaya a ser efectivo.

Mabel se sintió de regreso en la universidad, intentando convencer a un salón lleno de gente que la ignoraba de que sabía una mierda sobre lo que hablaba. Al menos tenía a su favor que los conejos estaban igual de aterrados de ser reprendidos por su jefe, por lo que medían cada palabra y expresión. Y, siendo honesta, creía que la mejor manera de mejorar "la situación", fuese cual fuese entre esos dos, era estableciendo valores básicos de respeto y amistad, no iba a quitar el dedo del renglón en eso.

— Saben qué le gusta, qué le disgusta, sus hobbies e intereses, pero si no lo escuchan — desde todas las formas en que una persona puede comunicarse —, ninguno de sus planes funcionará.

Les sostuvo la mirada... o al menos pensó que lo hacía, ya que llevaban lentes oscuros puestos. Que no los despacharan en ese instante se sintió como un gran logro. Sin embargo, podía notar la mirada de su equipo taladrándole la nuca y sentir sus pensamientos gritando un "no lo arruines" en su cerebro.

— Escogimos con base en la información que nos dieron, pero queremos presentarles dos perspectivas del mismo plan...

— ¿Así? — masculló Lugh en un susurro ahogado.

— ¡Cállate! — lo regañó Grettel en voz baja.

— Ambas propuestas parten del mismo punto: entregar el cupón como enganche.

Mabel caminó de un extremo a otro de la mesa, mostrando el cupón. Bonifacio subió a un pequeño taburete que guardaba la parte inferior del carrito para poder mover  la cámara para seguirla en todo momento y asegurarse de que su jefe no se perdiera nada.

— Es un cupón único en todos los sentidos, creado por y para él. Nadie más tendrá uno, ni podrá acceder a esta actividad.

Como bien había dicho Lugh, no era una idea rentable, sino un movimiento que en su momento le pareció ingenioso y que ahora la hacía preguntarse si realmente podría manejar un negocio. Ya era tarde para arrepentirse, sin embargo.

Colocó el cupón en el centro de la mesa y luego separó ambos conjuntos de ropa bien doblados para ganar aún más tiempo para pensar.

— Siguiendo la estructura que nos entregaron, el plan es simple: justificar la, eh, reunión con el uso del cupón y enfocar su energía en una actividad que disfrute. Le gusta el desmadre y divertirse, ambos estilos de ropa funcionan para eso.

Después de todo, Brava fue el único que se trepó a los postes del ring para ver la avalancha de duendes caer como fichas de dominó por todas partes. El caos era su actividad favorita... como Lele, ahora que lo pensaba. 

— Además, es único en su vestimenta, por lo que disfrutará teniendo una máscara exclusiva de la tradición de los diablos, quienes arrebataron la noche a sus enemigos. Es... simbólico.

Hizo un gesto a Xander para que avanzara y colocara sobre la mesa la impresionante máscara que había elaborado. Bonifacio bajó del taburete para acercar la cámara, asegurándose de que el cable no se enredara. Ninguno de los conejitos dijo nada ni mostró alguna reacción positiva o de sorpresa, demasiado metidos en sus papeles de digna junta evaluadora. No podía saber si les estaba gustando o no, así que tuvo que recordarse confiar en el proceso para no comenzar a balbucear incoherencias.

— ¿Por qué un látigo? — preguntó Bonifacio, levantándolo para que la cámara pudiera captar todos sus ángulos.

— Es parte del... eh, ¿espectáculo?

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