Ruleta rusa

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— ¿Y qué si les regalaron un auto? Siguen siendo solo enfermos, lisiados y niñitas.

Mabel no necesitó girarse para saber quién hablaba. Gustav, con el gorro de la sudadera puesto, miraba al frente con un mohín mientras mantenía las manos en los bolsillos. Aunque parecía desinteresado, solo Mabel sabía que estaba tan tenso como una flecha en su arco. Estaban solos entre los equipos participantes, rodeados por sus miembros. No tenían claro si los organizadores evitarían una pelea o los dejarían a su suerte. Mabel estaba segura de que Gustav encontraría una forma segura de salir en medio de un montón de idiotas, pero no quería darle más problemas. Luther, por su parte, seguía al grupo de pandilleros, esforzándose desesperadamente por encajar entre los Mensajeros de la Muerte.

— ¿Qué pasa contigo? — la cuestionó el pelirrojo de pronto, frunciendo los labios con desaprobación.

Mabel miró a Gustav, desconcertada.

— No estoy... eh, haciendo nada...

— ¿Nada? ¿Te están saliendo resortes en los pies? ¿Por qué no te quedas quieta? — murmuró mientras pellizcaba con dos dedos la tela de su brazo y levantaba su mano para inspeccionar las palmas sudorosas —. ¿Te pica? ¿Tienes alergias?

— ¿Qué? ¡No! — Mabel apartó el brazo rápidamente —. Es normal, ¿bien? — se secó las manos en los jeans —. Estamos nerviosos, eso es todo.

— Oh, no, no estamos todos. Tú lo estás, y no entiendo por qué.

— La carrera...

— Por favor, no trates de mentirme con algo que ni siquiera te convence a ti misma.

Qué tipo tan insoportable. Gustav tenía una personalidad difícil de tolerar.

— Es solo que... — Mabel bajó la mirada hacia las piedras a sus pies. El camino montañoso era irregular y lleno de rocas, y la pendiente casi vertical resultaba intimidante —. No me gusta que no me dejen hacer esto.

— ¿Competir? ¿O querías estar en la cajuela con aquel niño? — preguntó con sarcasmo, escondiendo las manos en su bolsillo para evitar sacudirla. Su expresión se oscureció. No quería imaginarse lo que haría su jefe si Mabel estuviera atrapada en un espacio diminuto con un extraño. Tampoco le agradaba pensar que el moderador se enfurecería por eso, pero cada vez era más difícil ignorar las evidencias.

— Hay un asiento trasero en perfectas condiciones, ¿sabes?

— No es tan seguro como la cajuela.

Tras encerrar a Phineas, Mabel había pedido que reforzaran la cajuela con doble cobertura de cristal ultramarino, convirtiéndola en el lugar más protegido del auto. No lo había hecho por Phineas, sino para evitar tener que buscar a alguien más si el equipo necesitaba otra persona; ya tenían a un debilucho perfectamente inmovilizado.

— Esto es algo que yo no puedo hacer -añadió después de unos segundos.

Desde que tenía memoria, siempre se había encargado de todo. Lo que no sabía o no podía hacer, lo aprendía en cuestión de días. Pero esta vez no tenía tiempo para aprender a conducir o, al menos, ponerse frente al volante como habría hecho antes. Sabía que Lele buscaba a sus hermanas y quería terminar los juegos lo más rápido posible. Hazel y Gustav, su leal compañero, intentaban hallar la cura para la enfermedad del moderador, lo que ya era una lucha mortal continua contra el tiempo. Tampoco tenía idea de que Cereza estaba lo bastante desesperado como para hacer promesas a sus espaldas, lo que solo le demostraba que no estaba tan comprometida con su equipo como debería. No tenía ni un poco de entusiasmo por cumplir su propia misión porque no estaba segura de querer involucrar a alguien en una familia que tenía a Davian -ese atractivo pero idiota bastardo- como representante. Honestamente, era la peor cazarrecompensas del mundo.

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