Mabel tenía que establecer uniformes de trabajo para entrar a los juegos. ¿Por qué demonios había empacado solo camisetas blancas, sabiendo que se ensuciaban con facilidad, eran difíciles de lavar y prácticamente transparentes al mojarse? Por más que rebuscaba, las opciones dentro del bolsillo de Lele solo empeoraban. Renunció cuando empezaron a ponerse demasiado raras.
—¿Serviría de algo si digo que no voy a mirar? —escuchó decir a Hazel con una vocecita divertida.
—¿Lo vas a prometer?
—Es un poco...
—Entonces, no sirve de nada.
Se giró para lanzarle una mirada cargada de descontento y lo encontró en pleno proceso de sacarse la camisa. Las venas marcadas recorrían su pecho y abdomen, perdiéndose bajo el pantalón. Estaba igual que antes. O tal vez no. El tono morado en las venas parecía más oscuro. Se le revolvió el estomago al verlo. Sin embargo, Hazel no parecía necesitar consuelo, y a Mabel no se le ocurría qué demonios decir.
Cereza la rescató, piando molesto en su oído.
—No te enojes. Solo... estaba pensando que podía usar su camisa —explicó Mabel, un poco sonrojada.
La idea había sido un impulso, aunque, cuanto más la consideraba, más le sorprendía su inteligencia. Era una gran solución, principalmente porque era la única prenda oscura disponible. ¿Qué podía decir? No era mujer que usara negro porque no combinaba con su colorimetría.
—Si es lo que quieres —aceptó Hazel, acercándose para entregársela. —Déjame ayudarte a...
—Primero la camisa —lo interrumpió Mabel, alzando la mano para impedirlo alcanzar los botones del vestido. Fue a tomarla, pero, de pronto, la prenda estaba fuera de su alcance.
Hazel la sostuvo frente a ella, invitándola con la mirada a acercarse. Cada vez que abrochaba o desabrochaba un botón, rozaba su espalda y hombros; ahora, al colocarle la camisa, la envolvió en un semiabrazo. Su calor, sumado al que conservaba la tela, le ardió sobre la piel como lava. Era demasiado para su frágil corazón y nula experiencia. Se cerró la prenda con las manos y trató de alejarse para abotonarla ella sola, pero una vez más la sujetaron del vestido por detrás y la devolvieron a su lugar.
—Cuidado con los estanques —le advirtió el moderador con seriedad. —Además, ¿no quieres ayuda con el vestido?
Mabel intentó chillar mientras abotonaba el frente y él se encargaba de los de la espalda. Pensó que así le quitaba oportunidades para manosearla, pero él fue más astuto: comenzó a ajustar los puños y el cuello con total naturalidad.
—Vamos a estar bajo el agua, ¿qué más da? —murmuró ella, intentando zafarse de su agarre. La medianoche no estaba lejos, aunque estos preparativos hacían que la espera se sintiera interminable.
—Mi madre decía que la ropa debía llevarse bien puesta o no llevarse —respondió él, encogiéndose de hombros. —¿Quieres...?
—Llevarla, claro. ¿Está bien puesta?
Hazel la recorrió con la mirada tan condenadamente lenta que la volvió loca.
—Está excelente.
Cereza, posado sobre el hombro de Mabel, rodó los ojos. Hazel le dirigió una sonrisa petulante. Mabel se preguntó si una escena así había ocurrido antes y ella, en su despiste, simplemente no la había notado.
—Entra, amor. Vamos a nadar un rato —dijo Mabel, empujando a Cereza suavemente contra su garganta para que tomara su forma de tatuaje.
—Cereza es un ave mestiza, por lo que sé, uno de sus padres debe ser un Axpía.
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Rever Arcade
PrzygodoweMabel quería dinero, una casa propia y felicidad. Aceptó entrar al mundo de juegos de Rever Arcade para buscar al hermano perdido de alguien, con la promesa de volverse ridículamente rica al terminar. Sin embargo, no esperaba acabar siendo dueña de...
