Wilbur deslizó las puertas corredizas, permitiéndole el paso a la habitación. Mabel sintió, de pronto, que regresaba a la mansión Clow, entrando en la oscura habitación de Cheryl Johnson. Sin embargo, la mujer rubia de rojo, sentada con delicadeza sobre un cojín, no era la valiente hija de un jardinero, sino otra belleza completamente distinta.
Se sobreentendía que debía ocupar el asiento frente a Amada, al otro lado de la mesa baja. Le incomodó pisar la alfombra, que parecía carísima, y tuvo que concentrarse para no tropezar en la escasa luz de las velas. Aún le ardía el labio donde se lo había reventado al caer.
Amada estaba recargada sobre la mesa, la cabeza apoyada en una mano mientras giraba una copa con la otra. O, al menos, Mabel esperaba que fuera vino, pero el líquido rojo le resultaba sospechoso. La mujer no reaccionó cuando se sentó, y el minuto que transcurrió en silencio se le hizo eterno.
— Toda mi vida me sentí atraída por las cartas — murmuró Amada, pasando la yema del índice sobre el mazo —. Es un privilegio la certeza con que el futuro se revela ante mí... y una maldición ver cómo, sin importar cuánto haga, el destino de mis seres queridos no cambia. ¿Te dijo Vanila que nos conocimos cuando éramos niñas?
No habían tenido oportunidad de hablar cuando Wilbur las reunió en el intercambio y, antes de eso, Mabel no estaba en el mejor de los ánimos cuando se trataba del hada. Era triste y doloroso admitir que la belleza de Vanila la había intimidado. Ignorarla y evitarla no había sido mejor que lo que Margarita había hecho con ella... solo era una forma diferente de violencia. Bajó la mirada, avergonzada, y negó con la cabeza.
— Fue la primera persona a la que le leí las cartas. Nos escondíamos bajo una mesa para que nadie viera lo que hacíamos. Por supuesto, como niñas solo podíamos pensar en preguntas tontas, trilladas, ambiguas y abiertas... ¿Qué me espera en el futuro?...
Mabel escuchó con atención, imaginando a dos niñas jugando a escondidas. La nostalgia cayó sobre ellas como un velo, y los ojos rojos de Amada reflejaron un deje de amargura por los recuerdos del pasado.
— Un destino que no cambia debe significar algo importante, ¿no? Algo trascendental — murmuró con burla.
— ¿Esto es sobre Vanila? — susurró Mabel, captando la idea vaga —. ¿Le pasa algo?
— Eso depende de a quién le preguntes. Ella dirá que está de maravilla. La gente cercana a ella te dirá que no. La verdad debe estar en algún punto intermedio.
— Vaya, eso... eso sí que es ambiguo.
— Bienvenida al mundo de la adivinación, linda — Amada se enderezó, lanzando sus ondas rubias sobre la espalda —. Es un capricho mío darles a los jugadores más difíciles la oportunidad de responder una de sus preguntas con el tarot. Han salido sorpresas desde que empecé a hacerlo, futuros tan brillantes como destinos amargos. El porvenir es un lugar incierto e incómodo, significativamente confuso. Te digo esto porque te estoy dando la oportunidad de consultarme... tantas preguntas como quieras.
— ¿Por qué? Me refiero a que dijiste que era una pregunta por jugador. A los demás... solo les diste una, ¿no? — fueron y vinieron tan rápido que no le cabía duda de que fue así — ¿Por qué me das más?
— Vanila también podía hacer varias consultas, pero esa tonta solo repite las mismas dos preguntas desde hace años — suspiró —. Hay una razón por la que te dejo preguntar lo que quieras, pero te la diré al final — sonrió con malicia —. ¿Te pone nerviosa?
— Siento que me vas a cobrar... ¿Esto tiene precio?
La imagen etérea y vampiresca se desmoronó en un instante cuando Amada soltó una carcajada estruendosa. Se rió tanto que terminó dejándose caer sobre los cojines, rodando de lado. Mabel apartó la vista para evitar ver más de la cuenta bajo su falda.
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Rever Arcade
AdventureMabel quería dinero, una casa propia y felicidad. Aceptó entrar al mundo de juegos de Rever Arcade para buscar al hermano perdido de alguien, con la promesa de volverse ridículamente rica al terminar. Sin embargo, no esperaba acabar siendo dueña de...
