Dejando de lado las heridas y la oscuridad absoluta que la envolvía, la razón principal por la que Mabel encontraba tan difícil gatear por el túnel, y que mantenía su corazón encogido de miedo y su estómago en un nudo, era que estaba bastante segura de que Astarté tenía un fetiche por seguir a las personas a escondidas. En ese mismo instante, podría estar justo detrás de ella, observándola sin que ella pudiera hacer nada al respecto. Solo la idea le daba ganas de hacerse un ovillo y fingir ser una piedra más en el camino. Aunque quisiera, rendirse no era una opción. Al menos, si realmente el chupa-almas estaba allí, era silencioso y no podía tocarla... a menos que pudiera y solo esperaba porque tiene una fascinación morbosa por ver a las chicas lindas huir y estuviera disfrutando verla arrastrarse.
Mabel no sabía qué era peor: la situación en la que se encontraba o las ideas que su mente arrojaba sobre esta. Sus pensamientos se desviaban hacia lo siniestro, trágico y fatalista, aunque evitaba verbalizarlos por temor a manifestarlas.
El aire húmedo llenaba sus pulmones, y con cada movimiento probaba más tierra en la boca. Sudaba profusamente, y estaba segura de que saldría apestosa y cubierta de suciedad, luciendo aún más patética de lo que ya se sentía. Tali, a pesar de llevar el cabello negro algo revuelto, seguía viéndose tan presentable como la primera noche. Mabel pensó que se pondría verde de envidia si, al reencontrarse, ella seguía igual de impecable.
Un punto de luz se distinguió a lo lejos. En lugar de emocionarse, Mabel frunció el ceño al notarlo. Tenía algo de experiencia en túneles - solo un juego y un par de horas en él, pero suficiente para marcar vidas -, y la llama rojiza no parecía luz natural ni una salida; era más bien como el fuego de una fogata. Solo esperaba que estuviera en el primer plano, donde Astarté drenaba su energía, pero al menos no era capaz de manosearla. Se mordió la muñeca con fuerza. El dolor era un excelente indicador de si esto era un sueño o no. No llegó a romperse la piel, pero, sumado al resto de sus dolencias, fue suficiente para que continuara avanzando.
La lámpara de aceite estaba volcada, aunque la llama aún resistía en su interior. Mabel la reconoció de inmediato: era una de las que Gustav había dispuesto para ellos en la mansión.
— ¿Chicos? — llamó en voz alta. Ryker, Oslo y Vicent rondaban los treinta, pero no sabía cómo más llamarlos. ¿Idiotas, quizá?
— M-ma-ma-beeel...
¡Virgen santísima! Mabel tembló de pies a cabeza, casi dejando caer la lámpara al suelo. Apoyándose con una sola mano, avanzó arrastrándose unos metros más, sosteniendo la lámpara en alto. Primero encontró la bota de Vicent, atrapada entre raíces delgadas. El resto del cuerpo estaba cubierto por ellas, anclándolo al suelo como si fuera una telaraña. Las enredaderas se habían incrustado bajo su piel, pareciendo venas hinchadas, y se abrían paso por las yemas de los dedos, conectándolos al suelo. La mano que descansaba en su costado era frágil, delgada y, para su horror, estaba cubierta de arrugas y manchas de vejez.
La lámpara temblaba en su mano porque ella misma no podía dejar de hacerlo. Las raíces, que lo cubrían como una manta de enredaderas, se introducían por los oídos, la nariz, la boca e incluso algunas más finas escarbaban en sus ojos. Mabel, con todo el respeto que la terrible situación merecía, giró la cabeza para vomitar.
— ¿Qué demonios te pasó? — murmuró, limpiándose la comisura de la boca con su camisa.
Se dio cuenta tarde de la ironía: obviamente había sido un demonio.
— ¿Qué estaban haciendo ustedes dos? — se corrigió, acercándose para pellizcar una de las raíces en su boca y tirar de ella. Estaba más aferrada de lo que parecía, y Mabel tuvo que tirar con fuerza para arrancarla de donde estaba atrapada.
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Rever Arcade
PertualanganMabel quería dinero, una casa propia y felicidad. Aceptó entrar al mundo de juegos de Rever Arcade para buscar al hermano perdido de alguien, con la promesa de volverse ridículamente rica al terminar. Sin embargo, no esperaba acabar siendo dueña de...
