"Margarita no quiere a su hija" era lo que susurraban las vecinas cuando veían a Mabel caminar frente a sus casas. En la primaria, Mabel no entendía cuál era la diferencia entre querer y no querer, pero al escuchar esos murmullos malintencionados, inevitablemente comenzó a preguntarse qué significaban.
En la escuela, las niñas llevaban mochilas rosas y brillantes, mientras que la suya era heredada de su hermano, un fanático de los dinosaurios. Su estuche también provenía de él, y el uniforme que usaba había sido un regalo de una vecina cuya hija ya no lo necesitaba. La mayoría de su ropa no heredada llegaba de la misma manera: vecinos que le llevaban prendas para que las aprovechara.
Siendo niña, no reparaba demasiado en estas cosas, pero con el tiempo comenzó a cuestionarse cuándo podría tener algo nuevo.
— ¿Qué? — Margarita revolvía los huevos con brusquedad, sin siquiera mirar a Mabel —. ¿Y qué llevas en los pies? ¿Crees que los zapatos de la escuela se compran solos?
La ropa regalada estaba limpia y en buenas condiciones, los zapatos seguían viéndose bien, pero nada le parecía suyo.
— ¿Crees que hay dinero para eso? — continuó Margarita, frunciendo el ceño mientras servía el desayuno —. Nada aquí es gratis. Si quieres algo, trabaja.
— ¿Qué le estás diciendo a la niña? — interrumpió un hombre mayor al entrar en la cocina, dejando unas llaves y una mochila en el recibidor.
— ¿Qué haces aquí? — Margarita palideció al verlo, notablemente nerviosa —. Ya te habías ido.
— ¿No puedo regresar a mi casa? — preguntó Rodrigo mientras palmeaba la cabeza de Mabel con una sonrisa —. Cariño, ¿puedes irte a tu cuarto?
Mabel asintió, y al cerrar la puerta tras ella, los gritos comenzaron.
— ¡¿Me has estado espiando?! — la voz de Margarita resonó en la pequeña casa.
— ¿Espiar? — replicó Rodrigo con calma —. ¿Quién necesita espiarte si todo el barrio lo sabe?
Primero, Margarita se indignó y negó acaloradamente, pero pronto comenzó a maldecir.
— ¡¿Crees que no quiero a mi esposo también?! ¡Solo trabajas y, cuando llegas, solo tienes ojos para la niña!
— ¿La niña...? ¿Nuestra hija, Margarita? — la interrumpió Rodrigo, atónito —. ¿La que no alimentas ni peinas? ¡¿Crees que nadie se da cuenta de cómo la ignoras por estar con tu amante?! ¡¿Eres tan miserable que estás celosa de tu propia hija?!
A partir de ese momento, los gritos escalaron. Ese sábado fue la última vez que Mabel vio a su papá, y siempre se preguntó si su partida tuvo algo que ver con haber decidido usar los zapatos de la escuela ese día.
Margarita no era físicamente violenta, pero el barrio sabía que no quería a su hija y mantenían a Mabel bajo vigilancia, atentos a cualquier señal de maltrato. Esto no impidió que Margarita desquitara su frustración quitándole lo poco que le quedaba.
— Ya eres mayor, ¿por qué tendrías peluches? — dijo, echando los pocos muñecos de Mabel en una bolsa para donarlos.
No tiró el uniforme escolar, sabiendo que la escuela podría reclamarle, pero siempre se aseguraba de pagar la inscripción tarde.
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Rever Arcade
AdventureMabel quería dinero, una casa propia y felicidad. Aceptó entrar al mundo de juegos de Rever Arcade para buscar al hermano perdido de alguien, con la promesa de volverse ridículamente rica al terminar. Sin embargo, no esperaba acabar siendo dueña de...
