Señora Claus

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Mabel se dio cuenta de que el dicho "piensa fuera de la caja" fue inventado para personas como ella. Quizás porque sus ambiciones eran bastante simples -tener mucho dinero, su propio negocio, una casa, casarse con un hombre muy guapo y rico, y formar una familia feliz y estable- no recordaba que los accesorios divertidos también existían. Era de la vieja escuela, tal vez, empeñada en hacer -casi- todo por su cuenta. No se le había ocurrido aprovechar al genio de su equipo de otras formas, pero a Lele sí, gracias al cielo.

No sabía bien qué sentir mientras observaba el jeep rosa pastel, con flamas fucsias en los costados. Era un poco más grande que el primero que había tenido la muñeca, y también más potente. Dudaba que los escapes en forma de trompeta en la parte trasera fueran meros adornos. Seguía siendo un juguete, pero claramente había subido de nivel.

Gustav y ella contemplaron el vehículo con respeto, mientras Lele sacudía el polvo imaginario del capó con un plumero, encantada de presumir su adquisición. Sin querer perder más tiempo, el mayordomo ató el ataúd al jeep. Mabel le dio unas palmaditas consoladoras a la tapa, lamentando lo que le esperaba a la ocupante. Luego, él empujó el tramo sobrante de la cuerda en la minúscula rendija del ataúd.

-¿Puedes tomarla? -le preguntó a Alva, sin mostrar mucho interés. Dio un par de vueltas alrededor, asegurándose de que todo estuviera en orden.

-Sí... ¡Aush! -tras el quejido, se escucharon gruñidos y forcejeos amortiguados. -Estúpidas arañas.

-¿Lo lograste? -preguntó Mabel, inclinándose a su lado, intentando ver algo entre la seda mullida.

-Sí, ¿qué es un pellizco más o menos?

Gustav se sacudió el traje, alisó arrugas invisibles, carraspeó y metió un pie en el mini jeep con toda la dignidad que pudo reunir. Lele lo espantó de inmediato con el plumero.

-"¡Fuera de aquí! Lele no dijo que podías conducir."

Sobre sus cabezas, posado en el candelabro, Cereza gorjeó con burla, mirando a Gustav mientras agitaba las alitas con sorna.

-¿Y quién lo va a hacer si no? ¿Ella? -el pelirrojo apuntó a Mabel con desdén, fulminando al pajarito con la mirada y enseñándole los dientes blancos de pura rabia, aunque sin atreverse a decir más por miedo a quedarse sin cejas.

-¿No crees que andas con la lengua muy suelta? -masculló ella, incorporándose y cruzándose de brazos.

Sin embargo, la muñeca no se puso de su lado tampoco.

-"Lele no dijo eso" -respondió, mientras guardaba su plumero e ignoraba por completo el gesto herido y traicionado de Mabel. La líder del equipo era buena en muchas cosas, pero los reflejos rápidos no eran parte del paquete. Lele imitó los gestos de Gustav, sacudiendo su vestido y las arrugas antes de señalarse a sí misma. -"Por supuesto, Lele conducirá el auto de Lele."

-¿Siquiera llegas a los pedales?

-"El auto de Lele está claramente hecho para Lele" -respondió la muñeca con orgullo. -"Lele le dio todas las indicaciones necesarias a Eder."

El asiento en forma de T estaba adaptado para que Lele pudiera conducir y alguien se sentara detrás. Ese alguien era, obviamente, Mabel, quien le sacó la lengua a Gustav al pasar y tomar su lugar. El asiento era acolchonado y, aunque todavía tendría que doblar las rodillas, resultaba más emocionante que incómodo usar el mini jeep. Y todo era tres veces mejor si pensaba en la cantidad de escaleras y camino que les esperaba. Aunque el estómago ya empezaba a retorcerse solo de imaginar las bajadas.

-Esto va a ser tan agitado -se lamentó.

Ya no había palanca de cambios, sino botones en degradado de colores. Mabel supuso que el rojo brillante en uno de los extremos -con una calavera grabada- era la velocidad máxima.

Rever ArcadeHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora