Mabel estaba segura de que así debía sentirse ganar la lotería. Nada le provocaba más envidia que la silla modificada de Ellis: podía volar, tenía brazos robóticos increíblemente geniales y, aunque no entendía del todo por qué habían añadido algo así, las rampas para saltar sobre los árboles resultaban bastante divertidas. Obviamente, no podía pedirle que le cediera la silla, pero Ellis, siendo una muy buena persona, le regaló la linterna que Mabel arruinó en cuestión de segundos. Aun así, el gesto fue muy apreciado.
Ahora, frente a ella, se encontraba la mente creativa detrás de aquel artefacto. Si lo dejaban marcharse o decidía no ayudarlos más por culpa de Gustav, Mabel misma se encargaría de darle un tiro al pelirrojo.
— ¿Tienes más comida? — preguntó mientras metía la mano en el monedero que aún sostenía Gustav, sacando un paquete de ramen carbonara —. ¿Te gustaría un poco? — le mostró el paquete a Eder con una sonrisa enorme y cargada de interés.
El chico la miró con extrañeza, pero terminó asintiendo. Por supuesto, Mabel aún no podía moverse con libertad debido a su pie, así que envió a Gustav a buscar agua caliente o, en su defecto, localizar a Lele. Mientras tanto, jaló su silla hasta la tumbona, sin dejar de sonreírle de oreja a oreja a Eder.
— Tu tez ha mejorado — comentó al notar que los labios del chico comenzaban a tornarse rosados.
— Ha sido gracias a su tónico — murmuró Eder, inspeccionando la botella sin etiquetas.
— Es muy bueno, ¿verdad? — asintió Mabel, satisfecha —. ¿Qué te trajo a esta tienda? — preguntó, mirando de reojo el gotero en su brazo —. ¿Estás muy lastimado?
— No, es solo... algo normal, supongo. Podría decirse que tengo una constitución débil. ¿Ustedes acaban de llegar? No los había visto por aquí.
Ambos se evaluaron con la mirada, sin juicios, únicamente curiosidad mutua.
— Sí, vimos una carrera y luego vinimos para acá.
— Normalmente es participar en una carrera y luego venir a tratamiento.
Nadie gastaría puntos innecesariamente, a menos que les sobraran. Mabel se encogió de hombros, sintiendo mariposas en el estómago al recordar las palabras de Gustav.
— Queremos comprobar el estado de mi tobillo.
Lo que no dijo revelaba mucho, y Eder lo captó de inmediato. Estaban en la parte más pobre de la zona, aunque eso no implicaba que carecieran de los recursos necesarios. Había conocido a muchas personas como ellos, que resultaban ser mucho más de lo que aparentaban a primera vista. Como alguien que no gastaba más de quince puntos en nada, Eder sabía reconocer la calidad en detalles como la ropa, las bolsas sin fondo y, sobre todo, el tónico que le había funcionado mejor que cualquier medicamento, tratamiento o píldora que hubiera probado antes.
— En realidad... — Mabel interrumpió sus pensamientos al verlo callado, asumiendo erróneamente que era por timidez —. Conocí a tu hermano, Alen. Ustedes no se parecen en nada.
— ¿A Alen...? — el recuerdo de la tarde en que su hermano irrumpió en su departamento para cambiar el sistema de seguridad lo desorientó por un momento. Alen le había hablado de alguien que lo ayudó a conseguir los puntos necesarios y, días después, comenzó a buscar a esa persona desesperadamente —. ¿Es...? ¿Puedo ver tu número?
Mabel le mostró el dorso de su mano que, afortunadamente, permanecía liso y sin defectos.
— ¿Estuviste en el juego del duende? — preguntó Eder, tratando de recordar por qué su hermano había estado tan obsesionado con el tema. Tristemente, no le había prestado nada de atención.
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Rever Arcade
AventureMabel quería dinero, una casa propia y felicidad. Aceptó entrar al mundo de juegos de Rever Arcade para buscar al hermano perdido de alguien, con la promesa de volverse ridículamente rica al terminar. Sin embargo, no esperaba acabar siendo dueña de...
