La llamada del amor

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El Jardín imitaba el ciclo habitual de día y noche. Aunque no seguía un calendario festivo como el de los humanos, los días de la semana estaban bien establecidos y las estaciones se alternaban en cuatro períodos. La vida transcurría tan apegada a lo que los humanos conocían como Evie Boo podía lograr.

Siguieron la calle comercial de regreso al departamento de Eder. De noche, la ciudad cobraba aún más vida: los puestos de comida se multiplicaban y los peatones deambulaban entre risas y conversaciones ruidosas. Habían esperado a propósito el anochecer para que Mabel pudiera apreciar el jardín en todo su esplendor. Ella lo disfrutó, respirando magia y deleitándose con la diversidad de especies y negocios que hacían realidad sus sueños y fantasías. Sin embargo, su entusiasmo se desvaneció al fijarse en un humilde puesto de semillas.

Entre los tarros de cristal, una bolsa contenía una variedad de aves en su portada, redondas y alargadas, de colas largas y plumas vibrantes. En el centro, un pajarito rojo extendía las alas con majestuosidad. No todos se parecían a Cereza, pero aquel en particular era casi idéntico a su ave de fuego.

Mabel se detuvo, enganchando el puño de la camisa de Hazel con los dedos.

— ¿Qué es eso? — preguntó, señalando el puesto.

El moderador captó de inmediato la fuente de su inquietud.

— Son semillas del Linde Ígneo, un valle ardiente entre los dominios del clan Dragón y el clan Fénix. Como puedes imaginar, la vida allí ha evolucionado para resistir el fuego. Sus frutos tienen una cáscara dura y difícil de pelar, pero son un manjar muy codiciado. Su recolección es complicada y su precio, exorbitante — desvió la mirada hacia Mabel, que seguía examinando el empaque —. El Linde Ígneo ha sido disputado por ambos clanes durante siglos, un territorio en constante conflicto que se consideraba peligroso... hasta que los laboratorios Debbeluzzi intervinieron. Desde entonces, estos frutos son más accesibles, aunque siguen costando una fortuna. Son la base de la dieta de muchas criaturas afines al fuego, además del lugar de origen de las aves de fuego.

Tal como había advertido, era carísimo, pero cuando Cereza vio a Mabel llegar con la bolsa, el pajarito estalló en llamas rosas y chillidos de emoción.

Aunque también era de noche en la dimensión, los preparativos en la casa comenzaron. Gustav y Eder trabajaban en conjunto, mientras Vanila preparaba macetas con tierra recién comprada, cada una con propiedades diferentes. El hada trajo consigo un panal de abejas que desconcertó a Mabel cuando lo descubrió.

— ¿Abejas?

— ¿Lindas, no? — Vanila estaba muy orgullosa de ellas.

— No sabía que había abejas por aquí.

— Por supuesto que sí, están en todas partes. Son un tesoro de la naturaleza — el hada observó la caja especial donde vivían los insectos —. Estas pequeñitas son fundamentales para el equilibrio de los ecosistemas, una verdad aquí y en el último rincón entre los mundos. Deben ser cuidadas y protegidas con amor y agradecimiento. No te preocupes, encontraré la estructura del invernadero adecuada para que no salgan.

Canturreando feliz, Vanila se alejó con sus abejas. Todos tenían un rol definido, excepto Mabel, por lo que tuvo que buscarse un propósito por sí misma. Decidida, se dirigió a la cocina a trabajar en otro hechizo de "El reflejo del mundo" para localizar a las hermanas faltantes. Sus herramientas e ingredientes estaban dispuestos sobre un buró aparte, y el agua del lago almacenada en botes para su fácil acceso.

Mientras arrojaba los ingredientes a la olla, echaba vistazos por las ventanas, observando cómo el campo alrededor de Malva se llenaba de madera y muebles. No era exagerado decir que habían comprado todo lo necesario, lo que emocionaba a todos, especialmente a la casa, que disfrutaba peleando con Gustav. Por más que él engrasara las bisagras, puertas y ventanas seguían rechinando burlonas.

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