No morir en el intento

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No había nada más deprimente que decir cosas tristes con una sonrisa. Mabel se sintió aún peor por ser injusta con ella solo por su belleza, así que aguantó tomarse de las manos y girar por la pista, arriesgándose a recibir o dar un buen golpe si los jugadores de alrededor no eran lo suficientemente rápidos para esquivarlas. Después de un par de giros, resultó hasta divertido ver el mundo volverse un borrón.

Eder, la pareja original de Vanila, fue olvidado y relegado a un rincón hasta que Wilbur finalmente lo encontró y lo llevó con Amada.

Con él, el trato de la administradora fue frío e indiferente. Barajó las cartas en cuanto el "sí" comenzó a formarse en sus labios. No hubo una pregunta concreta, y Eder, naturalmente apático ante su entorno, dejó que Amada hiciera lo que quisiera. Pasaron largos minutos en los que la rubia solo miró las tres cartas giradas sobre la mesa.

— Es como un espíritu maligno — señaló, impresionada —. Se aferra a ti con manos y dientes. Si no lo quieres — alzó las cejas con un gesto tentativo —, será mejor que seas más preciso en tu negativa. Contundente. ¿Sabes a lo que me refiero?

— ¿Por qué sigue apareciendo en cada conversación que tengo? — murmuró Eder con resentimiento.

— Bueno... Puede que no te estén siguiendo con una jodida sombra acosadora, pero eso no hace a esta persona menos capaz de tomar tu mundo entre sus manos. Tú y la otra chica aún están a tiempo de decir "no" y sacudirse las manos, pero ¿quieren hacerlo? Esa es la verdadera pregunta.

Guardaron silencio un momento.

— ¿Y?

— ¿Y qué? No tengo nada más que decirte. Date un baño de ruda, toma más agua y come frutas y verduras. Espera — lo detuvo al verlo levantarse —, Wilbur debe estar ocupado con algo, ya que no esta aquí, así que te lo entrego yo.

Amada sacó un sobre rosa de entre los cojines y se lo tendió a Eder.

— Pueden quedarse para la dinámica de los cupcakes si quieren — comentó distraída, rellenando su copa—. Pero les recomendaría que no participen en esa; tienen algunas misiones cariñosas para cumplir — soltó una risilla maliciosa.

El chico salió del cuarto con el entusiasmo por el suelo, más preocupado y con menos respuestas que antes. Abrió la carta para echar un vistazo; a su parecer, la pomposa frase en su interior estaba demasiado ornamentada para ser una simple ubicación.

A medio camino de regreso a la pista de baile, se encontró con Hazel.

— ¿Una conversación beneficiosa? — preguntó el rubio, haciéndose a un lado para dejarlo pasar.

— No.

— Qué lástima — murmuró el moderador, continuando su camino.

Amada no pudo ocultar su desagrado al ver a Hazel en su puerta, y estuvo a punto de escupir su bebida de regreso a la copa. Buscó a su encargado con la mirada, pero no había rastro de Wilbur por ninguna parte y no respondía al llamado del botón oculto bajo la mesa.  

— No tengo nada que decirle a un moribundo — dijo con desdén, pero luego recordó un detalle y añadió: — Oh, sí. Dile antes de la boda que se van a casar, cabrón. ¿Sabes que las uniones aquí son diferentes a las de su mundo? Y deben invitarme, llevaré un buen regalo.

— No vengo a buscar consejos tuyos.

— Entonces, ¿Qué se le ofrece al moderador? ¿Vas a darme una mala reseña por hablar con tu chica?

El panel de Hazel se proyectó sobre la mesa. De la pantalla holográfica emergió una esfera de cristal que cayó pesadamente, agrietando la madera.

— ¡Ah! — Amada puso las manos sobre la bola de cristal para sujetarla, observando maravillada los destellos de colores que brillaron en su interior —. ¡¿Cómo...?! — cerró la boca, se enderezó y miró al joven con seriedad —. ¿Qué quieres a cambio?

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