Para entender el siguiente comportamiento de Mabel, había que saber que, de todas las criaturas mágicas existentes -al menos entre las que conocía-, las sirenas eran, por mucho, sus favoritas. Por lo tanto, el fanatismo superó al sentido común.
La sirena se cubría el rostro con el gorro de una capa de tela fina y vaporosa que, por la naturaleza casi traslúcida del material, no ocultaba mucho de su cuerpo. Las piernas largas y torneadas tenían parches de escamas verdes solo en ciertas zonas, tan compactas y lisas que parecían más tatuajes que reales, especialmente alrededor de los pies, donde eran más abundantes. El micro-vestido, sin mangas y con los bordes rizados, tampoco ocultaba nada. Su estilo era justo lo que se esperaría de una ninfa del mar.
—¿Qué es esto? —escuchó a Eder preguntar.
De reojo, lo vio abrir la bolsita que había dejado Nimbo, de donde un bonche de tickets estuvo a punto de derramarse. Eder balbuceó algo y fue a dejar la bolsa en el cajón de los puntos. Alva, reconociendo la sorpresa en su expresión, palmeó a Mabel en la espalda para ayudarla a salir de su asombro, principalmente porque su acompañante se estaba incomodando por ser observada tan fijamente.
—Me alegra volver a verte —le dijo a Mabel. —De hecho, estoy muy aliviada de volver a verte. Necesito tu ayuda.
Mabel reaccionó a la última parte, desviando finalmente la mirada hacia la segunda al mando de Blue Phoenix. Ahora que le prestaba atención, Alva se veía... menos brillante que antes. Más formal y tensa. Llevaba el uniforme de su gremio: la parte superior tenía una apariencia formal, incluso un tanto militar, de color azul marino; los pantalones eran ceñidos y usaba botas marrones altas hasta los muslos. En su cabeza, Mabel le dio un nueve en estética. Un poco trillada para su gusto y no tan mágica, pero Alva elevaba el atuendo con su porte.
—¿Mabel?
—Sí, sí, los escuché —sacudió la cabeza para disipar los pensamientos tontos. —¿Dijiste que vienes por ayuda? ¿Cómo podríamos ayudarte nosotros?
—Sobre eso... —carraspeó Eder, incómodo.
—Pueden —aseguró Alva, con los ojos brillando de esperanza.
—Se refiere al moderador —interrumpió Lolo desde el interior de la sudadera de Eder. La vieron deslizarse hacia abajo y, luego, la parte inferior se abrió; varias latas de crema pulidora cayeron sobre los pies del chico, haciéndolo retroceder.
—Cinco, seis... ¿Once latas? —Mabel preguntó en voz alta al ver a la muñeca maniobrar para recuperar sus compras.
—Sí, claro, las ventanas son muy grandes —aseguró Lolo, apilando las latas en dos torres inestables y alejándose hacia la despensa sin más demora.
—¿Les alcanzó para tanto? —volvió a hablar sin pensar cómo sus palabras dejaban la imagen de su tienda. Eran ricos ahora, pero hace unas horas, cuando Eder salió, no. No habían ganado casi anda en los juegos en los que habían participado, así que.... no podían culparla por dudar.
—Fue un regalo —murmuró Eder con aspereza.
—De mi parte —aclaró Alva. —Por su tiempo.
—¿Eso significa que no encontraste a Alen?
—Está en una misión —la jugadora se encogió de hombros. —El gremio le avisará a Eder cuando regrese. No perdamos tiempo con él. Nos quedan... —se detuvo, abrió su panel y echó un vistazo a la pantalla—, tres horas de enfriamiento. Tenemos que hablar, ya.
—¿Hablar sobre qué? —murmuró Mabel con interés, alternando la mirada entre Alva, el chico y la sirena.
Ahora que la desconocida se había acercado, pudo ver que, si bien sus orejas eran redondas como las de un humano común, tenía dos surcos profundos detrás que, sin duda, eran branquias. La chica, al notar la mirada sobre ella, dejó caer su cabello morado hacia el frente, ocultándose de la vista.
ESTÁS LEYENDO
Rever Arcade
AbenteuerMabel quería dinero, una casa propia y felicidad. Aceptó entrar al mundo de juegos de Rever Arcade para buscar al hermano perdido de alguien, con la promesa de volverse ridículamente rica al terminar. Sin embargo, no esperaba acabar siendo dueña de...
