Cosecha de almas

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Mabel alternaba la mirada entre la mesa, sus piernas y Hazel, que permanecía de pie a su lado. No recordaba en qué momento terminó sentada, mientras la persona que usaba bastón y estaba más gravemente enferma seguía de pie. Cada vez que intentaba cederle el asiento, Hazel se negaba a aceptarlo. Fueron tantos los intentos que al final se comunicaban solo con miradas: ella ofrecía cambiar posiciones; él lo rechazaba. Los tres testigos del intercambio estaban a punto de echar espuma por la boca de la ira.

— No vamos a llegar a nada — gruñó Gustav con amargura mientras dibujaba runas con mano ligera pero experta —. Además, ¿no nos estamos adelantando a los hechos? Ni siquiera tienen avances en la trama como para suponer que sobrevivirán.

Cereza le lanzó una bola de fuego, alzando sus alas como un intento de intimidación. Cabía en la palma de una mano, el ave de fuego estaba lejos de ser una amenaza. Sin embargo, la muñeca junto a él, sincronizada con su sed de sangre, mostró un cuchillo afilado más grande que ella misma.

"¿La estás maldiciendo?" — la muñeca inclinó la cabeza, con un aire matón que la hacía parecer una abusona. Su aspecto, con solo tres pelos de estambre en la cabeza, resultaba algo cómico, pero no se atrevió a burlarse en presencia de su jefe.

— Solo digo que, de ayer a hoy, ¿Qué novedad han traído? Nada — respondió el pelirrojo con desprecio.

Mabel quiso protestar, pero terminó cerrando la boca a regañadientes. Aunque sentía que le estaban dando la peor arrastrada de su vida -dormir no equivalía a descansar, comer fideos no bastaba para mantenerse con energía y el dolor físico, mental y emocional parecía interminable -, la verdad era que solo habían pasado tres días - con solo tres noches y dos días-, ya estaban destruidos. No sabían en dónde estaba la arcade y, aunque lo supieran, no podía irse sin Dean Bach. Astarté seguía siendo una sanguijuela cósmica acosadora, el monstruo de madera era un enigma que podría atacarlos en cualquier momento, y, aunque había muchas suposiciones, ¿Realmente habían avanzado en algo? Ni siquiera entendían qué eran las flores o los aldeanos: ¿Fantasmas, zombies o simples almas decorativas diseñadas para bajarles la vibración y llenarlos de mala energía?

— Tienes razón — intervino Hazel, mirando a Gustav. Aunque su expresión era la misma de siempre, el pelirrojo se puso rígido al verlo —. Ya está amaneciendo, ¿No sería hora de preparar el desayuno?

¿Lo habían hecho trabajar toda la noche solo para hacerlo seguir por la mañana? Gustav se miró las mangas arremangadas, las manchas de baba de Giki en la ropa y las profundas ojeras bajo sus ojos. Había pasado todo el día anterior empacando plantas exóticas del invernadero para un posible traslado, y sus ocho horas de sueño no se habían respetado desde el inicio de la partida. ¿No era el empleado más lamentable?

— Es suficiente por ahora — añadió Hazel señalando la mesa al notar que su mayordomo se había quedado congelado, con las manos aún sobre las vendas como si fuera a escribir más.

Por reflejo, Gustav bajó la mirada con intención de observar a Mabel con amargura, pero Cereza saltó sobre la cabeza de la muñeca, extendiendo sus alas para cubrir más espacio. Ambos se interpusieron en el camino, impidiendo que le echara más mal de ojo.

"Atrévete"  — lo desafió la muñeca, levantando su cuchillo.

Gustav apretó los dientes y tragó su frustración. Rebajarse al nivel de los jugadores le resultaba insultante, pero era lo que su jefe deseaba. No podía opinar.

Un sollozo lastimero resonó en la casa, un gemido grave y tembloroso, cargado de sufrimiento. Al escucharlo, Mabel pensó de inmediato en Ryker. Cojeó apresurada fuera de la habitación, seguida de cerca por el equipo dinamita y, al último, jefe y empleado.

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