Aunque se negó a sentarse a la mesa, Draven se incorporó a petición de ella. Mabel observó su postura erguida y la barbilla elevada: parecía listo para rendir informe a un superior, digno y poderoso. Se contuvo de ir a sacudirle el polvo de la rodilla que arruinaba su apariencia; era un capricho que quería darse porque, sí, era guapo, y ese maldito polvo la estaba volviendo loca arruinándole la vista. No se trataba de ningún impulso nacido del juego.
No lo hizo por la mirada pesada que la vigilaba desde un costado.
¿Cómo defenderse? Aquel hombre le llamaba la atención con sus orejas puntiagudas y ojos esmeralda; Draven encajaba a la perfección con su idea de un hada oscura, y el atuendo le parecía una elección exquisita. Su fascinación inocente no le cayó nada bien a su acompañante. Hazel carraspeó, atrayendo su atención hacia él. Estaban sentados juntos, como iguales, aunque al mirarlo, Mabel sentía que le daba vueltas el corazón. Por eso evitaba hacerlo.
—¿Encontraste algo interesante?
—... El negro te queda mejor —le susurró Mabel de regreso.
Él no esperaba ser atacado tan de golpe y cerró la boca, intentando procesar la situación. Mabel aprovechó la distracción para servirle otro poco de té.
—Rápido, o se enfriará.
La sonrisa de Hazel se escondió tras la taza, aunque los hoyuelos lo delataron. Cuando Mabel volvió a mirar a Draven, menos fijamente que antes, este seguía igual de digno. Después de haberse negado a tomar asiento, ¿qué venía ahora? ¿Hablarían con él allí parado? Se instaló un silencio incómodo... o más bien, la incómoda era Mabel, recorrida de pronto por la mirada juzgadora del invitado. ¿Con qué descaro lo detenía, considerando que ella casi le había sacado su credencial para ver su dirección, edad y estado civil? No podía hacer nada, así que le dio un trago a su taza y esperó, tratando de ignorarlo.
Un rato después, Gustav entró a la habitación cargando dos cubetas con agua. Cereza, llevando a Lele al vuelo, venía detrás. Ambos diablillos parecían encantados con la cacería que habían hecho por su cuenta, el ungüento medicinal que habían ido a buscar fue olvidado hace mucho tiempo.
—Se divirtieron, ¿eh? —Mabel bajó la taza para recibirlos en sus brazos.
Cereza soltó a Lele, caminó por su brazo y se acurrucó en su cuello. Mabel lo sostuvo con cuidado y le dio un beso en la cabecita. En cuanto lo hizo, la tensión volvió a colarse en el ambiente. No podía creer que los celos absurdos por el pajarito fueran en serio. ¿Qué le pasaba por la cabeza, queriendo competir con un ave? Y perdería, porque Cereza tenía derechos de antigüedad. El moderador le sostuvo la mirada, como antes, sin revelar de dónde provenía ese peso en el aire. Tal vez, ahora que lo sabía, Mabel pudo ver más allá de su expresión neutra. Se atrevió a tomar la manga de su camisa bajo la mesa. Hazel respondió enlazando sus dedos con los de ella y dándole un apretón breve y cariñoso. La caricia en los nudillos le revolvió el estómago con un temblor que trató de contener. La expresión de él no se alteró tras el gesto, aunque quizás –solo quizás– un leve destello dorado brillaba en su mirada. Mabel, en cambio, estaba sonrojada hasta las orejas.
Gustav colocó un plato de galletas en la mesa y se marchó sin intención alguna de seguir viéndolos. Mabel captó al vuelo que estaba haciendo un berrinche, aunque no entendía por qué. ¿Acaso tuvo que subir demasiadas escaleras para conseguir el agua? Tomó una galleta, porque la comida no tenía la culpa de su mal humor. Barrió las migas con la mano y las devolvió con cuidado a una esquina del plato.
—¿Estás segura de que no quieres ir al baile esta noche? —preguntó Hazel, mirando el plato y luego sus manos.
Ups. Mabel bajó las manos como una niña regañada. ¿Había limpiado las migas porque se le estaba friendo el cerebro o porque, en serio, le nació hacerlo?
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Rever Arcade
AdventureMabel quería dinero, una casa propia y felicidad. Aceptó entrar al mundo de juegos de Rever Arcade para buscar al hermano perdido de alguien, con la promesa de volverse ridículamente rica al terminar. Sin embargo, no esperaba acabar siendo dueña de...
