— Dulces saludos, azucarados socios — Xander levantó la vista para aclarar: — Frase con signos de exclamación — luego volvió a bajarla para continuar leyendo —. Los últimos detalles de su Proyecto de Bienvenida están casi listos, qué emoción tan esponjosa. Otra vez aparecen signos de exclamación...
Si no iba a enfatizar los signos mientras hablaba, ¿no era más fácil omitirlos? ¡Qué tipo tan raro! Su baja vibración no era pesada, sino más bien lenta y calmada, algo que ninguno de los demás tenía. De ahí que su tranquilidad los estuviera desesperando. Considerando que era una especie de súper soldado de su diosa, capaz de ejecutar sus tareas a la perfección, probablemente podía darse el lujo de ser todo lo desinteresado e inexpresivo que quisiera. Ser raro era un privilegio de los fuertes.
— ... para darle el toque final a esta dulce propuesta y presentar su idea ante la gran junta, deberán recolectar estos ingredientes esenciales para el éxito de esta receta — dejó de leer, apretando los labios en un inusual gesto de inquietud: — un regalo ultra mega especial, una bebida deliciosa que vuele mentes y una fuente de diversión inagotable. Con estos dulces elementos, su presentación será un festín de creatividad. Se abren signos de exclamación: les deseamos la mejor y más dulce de las suertes. Cierran signos. Atentamente, el equipo BunnyBon.
— ¿No es...? Eh... — Lugh se rascó la cabeza. Su coleta baja estaba a punto de deshacerse tras el ajetreado descenso, pero perder el trozo de cuerda que usaba como liga no parecía preocuparle—. ¿Muy complicado, verdad?
¿Un regalo ultra mega especial, una bebida deliciosa que vuele mentes y una fuente inagotable de diversión? No, qué va.
— ¿Qué es una "fuente inagotable de diversión"? — preguntó Mabel, mirando los cachivaches alrededor. Había un osito de peluche con una motosierra y ojos en forma de cruz. ¿Ese sería un regalo mega especial? Era gracioso.
— ¿A quién tiene que divertir? — agregó Xander.
Lugh lo observó con fascinación, como si apreciara un insecto extraño hablando.
— Sabiendo dónde estamos, quién administra este lugar y todo lo que hemos hablado... ¿a quién crees tú que quiera darle un regalo?
— Déjalo en paz — intervino Grettel, colocándose entre ellos.
— Nos están pidiendo objetos con requisitos absurdamente vagos — murmuró Mabel, observando el resto del piso, que parecía, desgraciadamente, infinito. Debería tener un final... ¿verdad? Solo que, entre tantas montañas de cosas, no era visible.
— Empecemos por la bebida — dijo Lugh, colocando tentativamente un pie sobre la pila frente a él. Lentamente apoyó su peso y, al comprobar que no estaba pisaba algo punzocortante y que no se iba a caer, dio otro paso.
Mabel fue quien más problema tuvo para adentrarse en ese caos. No por la dificultad, sino porque le repugnaba la idea de pisar basura. Tardó largo rato evaluando el montón frente a ella hasta que determinó que no estaba sucio ni apestoso. La mayoría eran regalos cursis: flores - ¿naturales? ¡Ni idea! -, peluches, frascos que parecían de perfume y armas. Muchas, variadas y encantadoramente violentas armas.
— ¿Niña? — Lugh, encaramado en una pila, chasqueó los dedos para apurarla —. ¿Recuerdas el tiempo límite? Ya está corriendo.
Los conejitos eran unos malditos. Dijeron que había un cronómetro, pero no pusieron ninguno a la vista. Así era fácil perder la noción del tiempo. Estaban muy equivocados al principio: aunque era un juego tipo carrera, la meta no era llegar primero, sino convencer a "la junta" de que su idea era mejor. Eran tan cabrones que podían atraparlos ahí tanto como Evie Boo lo permitiera, obligándolos a idear planes para Nimbo una y otra vez.
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Rever Arcade
AventureMabel quería dinero, una casa propia y felicidad. Aceptó entrar al mundo de juegos de Rever Arcade para buscar al hermano perdido de alguien, con la promesa de volverse ridículamente rica al terminar. Sin embargo, no esperaba acabar siendo dueña de...
