—Aquí tiene, señorita De Luca. Pero, ¿está usted segura de que quiere irse? El chamán...
—Sí, quiero —Bianca tomó su bolso y sus zapatos. No se detuvo a ponérselos y siguió descalza hacia la salida.
No era solo cuestión de dejar la cabaña: para salir del área de retiro, aún debía cruzar un tramo más del bosque hasta alcanzar la carretera principal. Se fue calzando los tenis sobre la marcha, dando brinquitos y tambaleándose. Su auto seguía allí, orillado en la carretera, tan cubierto de polvo como ella, junto a la van hippie y los demás carros de los descarriados que habían llegado a ese lugar.
Al sentarse tras el volante, Bianca se quedó mirando su reflejo en el espejo retrovisor. La habían enterrado con solo una rama hueca en la boca para que pudiera respirar, con nada más que ella y sus pensamientos tratando de conectar con la madre tierra; luego la obligaron a bailar alrededor de una fogata, sin ducharse ni una sola vez en todos esos días. Tarde se dio cuenta de que el chamán no era el tipo de guía espiritual que necesitaba y que mencionar las abducciones no era bien recibido.
Se inclinó hacia el asiento del copiloto, sacó con brusquedad su libreta del bolso y la abrió por la mitad, justo donde terminaba el listado de ideas que tenía por llevar a cabo. Tachoneó con furia el nombre de ese retiro y, al ver que no había nada más que hacer ni personas a quienes llamar, se le llenaron los ojos de lágrimas y arrojó todo a un lado.
Soltó un lamento largo y lacrimógeno, que era lo único para lo que le quedaban fuerzas antes de emprender el viaje de regreso. No lloró, pero más por falta de agua que por falta de ganas.
Encendió su celular y lo colocó en el soporte del tablero, luego arrancó el carro. Las notificaciones de llamadas perdidas y mensajes llegaron de golpe, haciendo vibrar el aparato sin cesar. Algo así no pasaba desde hacía tiempo, cuando se retiró la recompensa por cualquier información. La mayoría eran de Diego, y habían empezado a llegar incluso antes de que entrara al santuario. Bianca le devolvió la llamada, sintiendo el nudo en el estómago tensarse con la ansiedad.
—¡Bi! —un hombre joven y guapo apareció en la pantalla. No lucía mucho mejor que Bianca; su apariencia también era descuidada, con una expresión agotada—. Gracias al cielo que no te arrestaron de nuevo —dijo, frotándose la barbilla cubierta de rastrojo.
—Fue una detención temporal que no llegó a manchar mi historial de buena ciudadana, gracias por tu preocupación.
—Prometiste que no te involucrarías en ninguna de estas cosas sin mí —le reprochó.
—Pensé que ya no querías saber nada después del desierto.
—¿Y perderme otras doce horas esperando un avistamiento? Jamás. Además, estoy aterrado de que tu siguiente paso sea un paro asistido para ver el más allá por tu cuenta...
Bianca frenó. Aquel camino olvidado por el mundo no tenía ni un alma a la vista, así que, con confianza, se quedó estacionada en medio de la carretera. Recogió su libreta y la pluma de donde habían caído, y anotó la grandiosa idea que Diego acababa de aportar. Le aterraba considerarlo, pero, honestamente, ya no le quedaban muchas opciones.
—¿Por qué me llamaste... —echó un vistazo al celular— ochenta y tres veces? Vaya.
—Una persona se contactó conmigo por el video.
Bianca había subido muchos videos pidiendo ayuda para encontrar a su amiga desaparecida, pero solo uno logró destacar entre todo lo que compartió, uno sin explicación que hizo popular el caso por un tiempo: su departamento se sacudió y crujió como si estuviera a punto de derrumbarse, aunque no se registró ningún sismo ese día. Los gritos de Bianca y su llamado desesperado a Mabel quedaron grabados. En algún momento recordó la cámara y regresó corriendo para filmar el desastre organizado del cuarto: todo seguía en su sitio, las paredes intactas, pero las superficies estaban cubiertas de escombros y yeso cuyo origen nadie supo explicar —suponiendo que creyeran que no fueron Mabel o la propia Bianca quienes lo esparcieron—; alas de cristal regadas por el suelo, tan frágiles que se deshacían en sus manos cuando intentaba protegerlas en los frascos decorativos que tenía. Los insectos eran lo peor, aunque en el video no parecían muy distintos de gusanos.
ESTÁS LEYENDO
Rever Arcade
AdventureMabel quería dinero, una casa propia y felicidad. Aceptó entrar al mundo de juegos de Rever Arcade para buscar al hermano perdido de alguien, con la promesa de volverse ridículamente rica al terminar. Sin embargo, no esperaba acabar siendo dueña de...
