Timonet dedicaba sus días y noches a absorber toda la información posible sobre plantas y medicina. Amaba la vida con intensidad, pero, inevitablemente, también conoció de primera mano la muerte y las enfermedades que la acompañaban. Las plantas seguían un ciclo natural inevitable; por longeva que fuera una especie, el final siempre era el mismo, eso incluía a los entes malvados. Si Ginger hubiera depositado en Timonet la misma confianza que Connell, en pocas semanas habría encontrado una forma de salvar su tierra natal y solucionar la aberración de la naturaleza que había echado raíces en ella. Sin embargo, solo logró descubrir cómo debilitarlo antes de que su tiempo se agotara.
Con furia, Timonet lanzaba puñados de polvo en la base de los racimos de flores. Iba medio agachada, maldiciendo en silencio la cabeza hueca de Dean y su lengua engañosa. Hablaron durante largas horas, con las manos hundidas en composta, sobre las distintas especies de plantas que él había visto desde que se convirtió en mensajero, de venenos que podían transformarse en medicinas y de especies cuyos frutos podían salvar vidas. Dean había jurado ser un aventurero incapaz de permanecer en un solo lugar, pero el muy desgraciado estaba a punto de comprometerse con la ama de casa perfecta: alguien que amaba hornear, confeccionar ropa y disfrutar del hogar.
No podía enfadarse con Rosemary. Su hermana era una santa que, pese a saber que sería regañada, había confeccionado todos los overoles que Timonet usaba, añadiendo los bolsillos necesarios y bordando flores y plantas como gesto cariñoso. Cualquiera que se casara con Rosy sería inmensamente feliz, pero no podía entender por qué tenía que ser Dean. Por más que lo pensaba, no le parecía que pudieran hacer felices el uno al otro.
— No tienen nada en común — murmuró, pisoteando con rabia un conjunto de raíces jóvenes. Luego lanzó otro puñado de polvo, observando cómo se volvían blancas, se marchitaban y, de sus restos, emergía la cabeza redonda de un hongo.
Su arma secreta esa noche era una mezcla de extractos pulverizados de plantas exóticas y algunos ingredientes que había hurtado a su padre. Una receta propia que había tardado mucho en perfeccionar. Por un lado, estaba diseñada para enfermar las plantas, acelerando su putrefacción, ya que su ojo experto sospechaba que contenían más muerte que vida en ellas. Por otro, había combinado esporas de hongos creados artificialmente para funcionar como parásitos, robando nutrientes y agua hasta secar los matorrales. El camino de hongos apareció casi al instante; eran carroñeros fantásticos para plantas muertas.
Era una fórmula peligrosa, capaz de causar grandes problemas en manos equivocadas. Por eso, Timonet solo había preparado una pequeña cantidad, con la esperanza de mantener debilitada la maldad que los acechaba.
Pateó los suelos bajo los arbustos para asegurarse de que el polvo alcanzara las raíces, vigilando constantemente que nadie de la villa la descubriera. Hacía tiempo que nadie salía de noche en la villa. Aunque desconocía el motivo, se había protegido con vendas atadas descuidadamente alrededor del cuerpo. Podía ser impulsiva, pero no tonta; no planeaba enfrentar a una entidad malévola sin aumentar sus defensas. Esperaba ganar tiempo al destruir los campos, mientras descubría qué había traído a esa amenaza a aquel rincón remoto del mundo.
Oculta entre los árboles, Timonet se sacudió las manos, observando satisfecha su obra. El semicírculo de campos de cultivo de la villa era ahora un terreno muerto, repleto de hongos. Estaba tan encantada con lo ingeniosa que era, que no notó cuando alguien la alcanzó por detrás, enganchándola por el overol y obligándola a girarse para enfrentar al recién llegado.
Dean tenía los ojos rojos e irritados, y su rostro mostraba una expresión que Timonet nunca había visto en él.
— ¡Cielos santos, tú...!
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Rever Arcade
AvventuraMabel quería dinero, una casa propia y felicidad. Aceptó entrar al mundo de juegos de Rever Arcade para buscar al hermano perdido de alguien, con la promesa de volverse ridículamente rica al terminar. Sin embargo, no esperaba acabar siendo dueña de...
