— L-le dijimos q-que la menor era la m-mejor opción — susurró el alcalde, sin atreverse a levantar la vista —. Vístela de rojo y entrégala a los brazos de Astarté, él la cuidará bien...
Pero no quiso. Su negativa no sorprendió ni a Cerelia ni a él. No había forma de que las cuentas salieran a su favor: una vida por otra vida. Si quería conservar a su esposo junto con ella, tendría que entregar a otra hija, pero al final... alguien quedaría a la deriva de todas formas.
En sus recuerdos, Ginger había apartado el rostro pálido mordisqueándose nerviosa una uña.
— Rosemary, ella... No importa, se casará pronto y se marchará — dijo, sacudiendo la cabeza.
— Rosy puede irse, claro — respondió Cerelia con una sonrisa amistosa mientras ajustaba despreocupadamente el rebozo sobre sus hombros —, si no sabe tanto como Timonet...
Ginger se encogió, negando con rapidez.
— Mi Rosemary no sabe nada.
Timonet, en cambio, era un problema que Cerelia no podía permitirse mantener por más tiempo. Aunque valoraba la disposición de la madre para entregarla, hacerlo era más complicado de lo que parecía. La joven estaba mejor protegida que cualquiera, incluso más que su propio padre.
— Yo me encargo — insistió Ginger, sin atreverse a mirar a nadie.
Timonet no aceptaría cambiar sus overoles por un vestido rojo solo porque su madre se lo pidiera. Era sabido que Ginger no tenía un gran apego por esa hija en particular. El rumor popular decía que probablemente se debía a que ambas eran físicamente muy parecidas desde una edad temprana, pero Timonet tenía mucho más talento que ella, y con el tiempo solo demostraba ser más y más fuerte.
Mabel lo sabía mejor. Conocía de primera mano lo que los celos de una madre podían causar, especialmente cuando la hija y el padre compartían un vínculo cariñoso. Timonet, una versión mejorada de su madre, había sido vista como una competidora en lugar de una extensión de ella que necesitaba el mismo cuidado que cualquier niño pequeño. Tal vez, la resistencia de Ginger a entregar a las otras dos hijas venía de que eran un poco más como su padre, con rasgos provenientes del mundo de las hadas que las hacían especiales a sus ojos.
— ... Maldición — Mabel apartó los ojos llorosos del feo rostro del alcalde.
Tali se colocó a su lado, mirándola con preocupación, pero Mabel la tranquilizó con un gesto. Era algo que se veía venir, aunque no dejaba de ser doloroso confirmarlo.
— Si querían deshacerse de Timonet, ¿por qué insistir con Laurel? — preguntó Mabel, lanzando una mirada furiosa al alcalde.
— E-enfermó los campos — murmuró el hombre, levantando la mirada con un destello de impresión al recordar —. E-era peligrosa, arrojaba sus polvos por el bosque. C-cerelia urgía deshacerse de ella, p-pero...
— ¿Pero? — Ryker se inclinó hacia él con actitud amenazante.
— N-no p-parecía que el s-señor Astarté quisiera hacerle a-algo — confesó el alcalde —. L-le g-gustaba e-espiarla.
¿Espiarla? Mabel frunció el ceño. Lele también lo había mencionado, diciendo que había visto a Astarté observándolos desde atrás, incluso antes de encontrarlo en la ventana. Una idea horrible comenzó a formarse en su mente. Aunque le hizo temblar, se negó a reaccionar, fingiendo que todo estaba bajo control. Este hombre era un idiota, hecho para seguir órdenes, no para liderar. Mabel entendía por qué Cerelia lo había mantenido en una posición por encima del resto: aunque su cerebro funcionaba lo suficiente para notar pequeños detalles, era incapaz de enfrentar los problemas de frente. Continuó con el interrogatorio, más tensa y rígida, fingiendo que no pasaba nada.
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Rever Arcade
AvventuraMabel quería dinero, una casa propia y felicidad. Aceptó entrar al mundo de juegos de Rever Arcade para buscar al hermano perdido de alguien, con la promesa de volverse ridículamente rica al terminar. Sin embargo, no esperaba acabar siendo dueña de...
