Área acuática

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—No tengas miedo —repitió Glenn por centésima vez. Sus manos vacilaron al acercarse a su espalda y se retiraron sin llegar a tocarla.

Su "No tengas miedo" no era más que una frase útil. La necesitaban. El miedo la haría cometer errores y volverse aún más torpe. Para desgracia de todos, Mabel ya lo era por naturaleza. Además, no estaba asustada; lo que sentía era asco por los gusanos que se arrastraban cerca de sus pies. Aunque intentara explicárselo, dudaba que le creyera. El poco tiempo que había pasado con ellos le bastó para darse cuenta de que estaban demasiado enfrascados en sí mismos. Incluso si les decía que ya tenía su propio equipo y que no estaba perdida, seguirían ignorándola sin más.

Ramzi asomó la cabeza entre la pared de plantas, giró el cuerpo mientras barría la zona de izquierda a derecha y luego se apartó para informar:

—El camino está despejado.

Aún en la iglesia, le explicaron a todas prisas –con la intención evidente de convencerla de hacer el trabajo sucio por ellos– que, al caer el sol, presentarían al nuevo grupo de jugadores en el baile, donde los distinguidos invitados podrían admirar la sangre fresca. Antes de la medianoche, aquellos que hubieran recibido ofertas de seguridad a cambio de sus cuerpos podían elegir entre unirse a su acompañante o participar en el evento principal de la velada: la cacería. Ellos, como era de esperarse, irían directamente por la segunda opción.

—¿Un montón de ricos persiguiendo gente pobre? —había preguntado Mabel, incrédula. No debería  haberle sorprendido tanto; era un tema demasiado común en los últimos años, aunque no estuviera confirmado.

—Se me considera bastante adinerado, para que sepas —la corrigió Ramzi, sacudiendo su camisa mugrienta.

—¿Cuánto te han servido esos puntos últimamente, eh? —masculló Logan, reventando su burbuja.

—Cállate.

En ese momento, Logan y Ramzi habían dejado sus peleas tontas a un lado para abrir un hueco en el muro de plantas, lo bastante grande como para que Mabel y Glenn pudieran pasar. El suelo de piedra al otro lado contrastaba de forma abismal con el camino fangoso que habían seguido al salir de la iglesia. El corredor estaba limpio y ordenado, sin un alma a la vista. Mabel se arrastró para entrar, desgarrándose el vestido en el proceso. Fue la única de los cuatro que sufrió daños por hacer algo tan simple como pasar de un lugar a otro. Ridículo.

—Durante el día no verás vampiros, al menos no fuera del castillo. Aun así, ten cuidado con los sirvientes... —le advirtió la mujer, encabezando la marcha en una dirección desconocida.

—¿Lo olvidas? —Ramzi se rió con burla, señalando sobre la cabeza de Mabel. —Estará bien.

Era el único que lo creía. Cuando explicó su plan absurdo, que dependía por completo de Mabel, todas las cabezas giraron hacia ella. La conclusión a la que cada uno llego por su cuenta no fue alentadora, si los suspiros posteriores eran indicio de algo. Decidió respirar hondo e ignorarlos. No era que la estuvieran criticando –aunque así lo sintiera y calara hasta los huesos–, simplemente les faltaba delicadeza por el hambre. Y, siendo honesta, considerando su hora diaria de ejercicio, tenían razón en dudar de ella.

Querían que envenenara las fuentes de agua. Si bien los vampiros no la bebían, aún necesitaban bañarse, ¿no? Igual que las hadas, y ni hablar de las sirenas. No los mataría –no como Ramzi quería–, pero al menos reduciría su fuerza a la mitad.

—¿Y tienen veneno? —les preguntó Mabel al verlos tan convencidos del plan.

La iglesia había caído en un silencio denso, roto solo por los ronquidos de Angelo de fondo. La respuesta fue un aún más confuso "sí, pero no", acompañado de un montón de miradas esquivas.

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