Capítulo 40: <¿Jugamos?>

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La ciudad estaba próxima, no tardaron ni cinco minutos en entrar al corazón destrozado de Atlanta, aunque por suerte, no todos sus edificios estaban bombardeados, tan sólo había sido una pequeña parte. Chris dirigió a Brie hasta las puertas de una comisaría donde aparcó la caravana una vez más, bajándose ambos de ella, él con menos soltura y agilidad. Brie caminó a su lado, entregándole el machete que encontró en el desguace para que pudiera guardarlo en su cinturón y así lo hizo. La puerta estaba entornada, tal vez habían estado allí antes en busca de armas como ahora estaban haciendo ellos. Avanzaron, viendo todos los pasillos desiertos, cada sala, cada rincón. Chris buscó los sótanos donde solían tener guardadas todas las armas y donde los policías solían darse unas buenas duchas de una larga duración. Encontraron las escaleras que daban abajo, Chris le pidió que se quedara arriba vigilando mientras él se encargaba del resto. A pesar de que al principio se negó a quedarse sola, terminó accediendo. Mientras Chris bajó, Brie empezó a dar leves vueltas de un lado hacia otro, llegando a ver un par de mapas colgados en la pared que ignoró completamente. Algo raro le sucedía en su interior, tenía la sensación de que estaba rodeada de infectados a pesar de que la comisaría a simple vista parecía despejada y libre de peligro. Merodeó varios minutos por un estrecho pasillo hasta llegar a una sala que parecían las celdas de una prisión, pero no, era más bien un calabozo con otra puerta cerrada en uno de los extremos de la pared. Lentamente se aproximó hasta ella, notando una extraña conexión que no sabría explicar con palabras. Posó la mano en el picaporte, queriendo abrirla por un lado y no tanto por otro. Si abría, podría desatar un peligro más del que deshacerse, o tal vez no, pero lo mejor en ese momento no era arriesgar, así que soltó el picaporte, dando un par de pasos atrás hasta que su cuerpo se chocó contra el de Chris y, del susto, Brie dio un leve grito.

—¿Qué haces? —preguntó él—.

—Me quiero ir de aquí. Vámonos.

Chris la miró extrañado antes de observar la puerta que Brie nunca tuvo valor a abrir por algo que había sentido y experimentado por primera vez. Por petición de la chica, Chris y ella salieron juntos de allí hasta la mitad de un pasillo donde Brie le quitó la bolsa de armas para llevarla ella aunque pesara más de siete kilos, pues había logrado coger escopetas, pistolas, rifles, munición, granadas incendiarias y lanza bengalas. Todo podría valer.

—Pasaremos la noche en otro lado —dijo Chris—.

Montaron nuevamente en la caravana, Brie se dejó llevar por las indicaciones de Chris hasta que llegaron a un bar de copas, el favorito de él desde hacía varios años. Brie cogió la manta con la comida y Chris la bolsa con las armas, atascando después la puerta con un par de sillas antes de bajar las persianas como último lugar, prendiendo las tenues luces intermitentes del local. Brie se sentó junto al billar, abriendo un par de latas de sardinas que se llevó a la boca tan hambrienta como esas cosas de ahí afuera que ya empezaban a escucharse llegar. Pero de pronto, todo se volvió nostálgico para ella, volviendo a recordar a sus seres queridos, echando de menos a los que no estaban y a los que todavía podrían estar. Habían pasado dos meses desde que se confirmó la muerte de Paul, Brie había estado tan pendiente de su vida que ni siquiera tuvo tiempo para recordar el pasado, aunque cada vez iba doliendo menos, incluso había olvidado la voz de Paul, de Dylan y de Nikolai, por no hablar de la muerte cruel de Shelly cuando su cuerpo se partió entre el choque de dos coches. Su rostro se tornó pensativo y algo melancólico, un bajón emocional le impedía volver a sonreír. Demonios, quería buscar a sus padres y al resto de conocidos, pero todavía no tenía ni la más mínima idea de por dónde empezar a buscar. Ya todo estaba muerto y tan descompuesto como el cadáver andante de un infectado. No hacía falta preguntarle cómo estaba, con tan sólo mirar su rostro se sabía todo, incluso lo que podría estar pensando o deseando. Chris se levantó del suelo, yéndose hacia la barra rebuscando en todos los cajones hasta que encontró algo que podría entretener a Brie, hacer de su estancia algo más cómoda y agradable. Chris se sentó sobre el billar, mostrándole a la chica un juego de cartas de póquer.

—¿Te apuntas? —preguntó Chris—.

—No sé jugar.

—Déjame enseñarte. Te divertirás.

Ambos se volvieron a mirar en completo silencio, Briecaptó de inmediato las buenas intenciones de Chris, sintiéndose agradecida conél por el esfuerzo tan enorme que estaba haciendo, ya no era sólo resistir eldolor de la reciente herida, sino de poner todo de su parte para lograr hacerlasonreír. Él siempre tan pendiente de ella. En realidad, tenían un fondosimilar, ya que Brie también era capaz de alegrar los sentimientos de un amigoaunque ella estuviera peor. Finalmente, asintió, aceptando echar unas partidasal póquer sin haber jugado antes. Se sentaron alrededor de una de tantas mesas,Chris barajaba el juego de cartas de manera fantástica, igual que un mago antesde poner en marcha su truco. Brie sonrió leve, fascinada de poder contemplaralgo tan único en persona. Después, él le explicó las reglas y las distintasformas de poder ganar en el póquer, ella prestaba atención a las lecciones deChris, pues ya le resultaba interesante la manera de jugar. 

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